Crónica de una invasión

A Charles H. Wallace

Que me proporcionó la información sobre estos acontecimientos en 2004, me guió en la maraña de datos navales ingleses y me animó a escribir este episodio situado en los inicios del verano de 1706.

Crónica de una invasión. La soliviantada canícula de 1706. Cartagena.

La mañana del 23 de junio de 1706, el almirante John Leake alcanzó el puerto de Cartagena con el objeto de someter a la ciudad y atraerla para la causa del Archiduque Carlos. Aparentemente aquel episodio pasó a la historia como un mero trámite en la dilatada hoja de servicios del marino inglés. Sin embargo, hicieron falta más de mil doscientos hombres y cinco meses de asedio para doblegar a una población de equívoca entrega. Entonces al valor y la lealtad de muchos cartageneros, se sumó el gesto inconcluso del almirante Leake.                                      

ALEJANDRO CASTELVECCHIO
Desde  algún lugar del Mediterráneo.

Madrugada del veintidós  de junio de 1706. Estudios centrales, ¿me recibís? Parece que hay alguna interferencia. ¿Me oís?  Repito, me encuentro a bordo de The Prince George La nave del almirante John Leake  está en estos momentos realizando una arriesgada maniobra cerca de Cabo de Palos  Como os informaba en la anterior conexión, el almirante inglés ha abandonado el sitio de Barcelona y  ha puesto rumbo a Cartagena  con la intención de someterla para la “Causa”. Con esta acción, Inglaterra  persigue satisfacer algunos de sus principales objetivos; por un lado impone su dominio en el Mediterráneo y por otro, toma partido por el Archiduque Carlos  en medio de esa descomunal querella que es la Guerra de Sucesión . Sublevada como está gran parte de la costa, la expedición naval que dirige el almirante no se ha demorado más que el tiempo necesario para embarcar un centenar de espingardas y hacer aguas en Altea . Y es que hay tal determinación en las órdenes de Leake que nada parece interponerse en su camino. Nada, excepto la indolencia de los vientos -cuyos designios por otra parte pertenecen al reino de lo divino- podría oponerse a sus deseos.  Hace un momento he podido oír cómo desde el trinquete de popa ordenaba con determinación al contramaestre que pusiera “el timón a la orza”, y esa orden se ha ejecutado en el puente con tal precisión y certidumbre, que el solícito gesto del timonel parece que fuera una prolongación de sus propios deseos.

La expedición que ha logrado reunir el almirante Leake  está formada por siete buques de la coalición anglo-holandesa. De una parte, la escoltan a estribor la Hampton Court,  una ágil fragata que se había dado ya por perdida en el seno de la flota; a su costado de babor navega la goleta Tiger, un navío de tres palos que llegó a tener su momento de gloria durante la batalla de Rande , aquel nefasto episodio naval que desarboló por completo a la acaudalada Flota del Tesoro; detrás, montadas sobre la rizada espuma de su estela, le siguen la Revenge, una fragata cuyo majestuoso coronamiento causa admiración allá donde atraca, a su lado la Exeter, no menos rápida que sus compañeras; la Genoese, de mayor obra muerta, y la Queen’s,  las cuales navegan resueltas bajo pabellón inglés, y por último, cerrando filas arrumba un incierto galeón de 34 cañones que se ha unido a la flota esta misma tarde. Sin embargo, todavía faltan dos buques alemanes a cuyo encuentro nos dirigimos para organizar el ataque.

¡Un momento! Parece que están haciendo luces desde la capitana. Efectivamente, así es. ¿Me recibís? Ahora se puede percibir con claridad. Semejante insistencia no podía ser sino una inequívoca señal de advertencia. En efecto, el cañonero recién incorporado ha estado a punto de rozar los escollos al acercarse demasiado a la costa. Decididamente la noche no está para realizar maniobras arriesgadas, porque desde el atardecer arrecia un lebeche sobrio, que no por ser familiar a los habitantes de estas tierras hay que perderle el respeto. Sin embargo, el capitán “tedesco” ha caído en un error de indulgencia al confundir la apacible bondad de los cielos en aguas de La Manga del Mar Menor  con la negrura que se está imponiendo por minutos. Entonces -días atrás- cuando los hombres bordeaban la ribera del mar interior para abastecer las cisternas de a bordo, solo tenían que excavar cerca de la orilla con las manos para que surgiera de las entrañas de la tierra un agua pura y cristalina, como las aguas que surgen de los almatriches y las albercas, un agua  generosa y amplia como la que corre por los avenamientos de las huertas vecinas. Agua dulce, agua que entonces era mansa y colmaba los barriles, pero el agua en esta noche de borrascas y desafueros ha ido llenando impunemente de espuma salobre el aire. Y es que el mar lo ha llenado todo. Hace un momento, el Piloto ha dado la alarma en la Hampton Court y la marinería más avezada del barco se ha  encaramado a la arboladura. El resto de la flota hace lo propio mientras las naves tratan de amainar las velas. Entretanto, el almirante Leake repasa impávido un portulano de Juan de La Cosa con el que le ha agasajado el conde de Santa Cruz  al salir de Altea.  Mientras, a lo lejos se van esfumando las últimas luces de la costa.

Nadie hubiera imaginado hace un momento un temporal semejante, y es que el viento ha irrumpido con tal premura que ha llegado a romper la botavara por la tensión que demandaban las velas cangrejas de popa, flácidas durante muchos días después de la quietud a la que nos tuvo sometidos el silente espejo del océano. Sorpresa es lo que reflejan los rostros de los hombres. Pese a todo, la sorpresa se rompió de pronto, porque antes no se hubieron puesto a crujir los mastelerillos de mesana ni tampoco los vigías alarmaron al contramaestre sino que los vientos se desataron al instante trayendo la tormenta por la línea de barlovento, y cuando comenzó el concierto, lo hizo con una obertura de trinquetes henchidos como Venus neolíticas. Ahora mismo gimen las gavias del mastelero mayor, suenan todos los cabos de la nave, crujen las relingas con el agua que pretende inundar el barco, y por fin ascienden los sonidos al vibrar la candonga y el borriquete que acompañan el Allegro Molto de las velas. Velas de todas clases. Foques triangulares, contrafoques de popa, guairas batiéndose enloquecidas sobre los palos, velachas arremolinadas en la cofa; velas de mesana, velas de sobremesana, velas redondas -en realidad cuadradas- largadas en los trinquetes, velas bergantinas, trapezoidales velas de tarquina; velas de cuchillo, velas carajas, monteras, carboneras, escandalosas: la gran Sinfonía del Trapo puesta a sonar para gloria del Imperio.

¡Lo peor ya ha pasado! -ha asegurado a éste reportero el oficial de derrota. ¡Lo peor ha pasado ya! -ha repetido. Y comoquiera que las primeras luces han ido abriéndose camino al final de la noche, ahora puede percibirse tras una cortina de agua cada vez más débil, las figuras de tres barcos que vienen directamente hacia nosotros. El timonel ha interpretado las órdenes del Piloto y ha tomado la altura de los navíos para realizar una maniobra no exenta de riesgos. La nave capitana está en estos momentos haciendo señales para que el buque inglés se ponga al costado del Prince George. Las órdenes del contramaestre son muy precisas y ambas naves echan ancla a escasos metros una de otra. Al abordaje, se suman una docena de marineros que tras estibar la carga de cubierta, trasladan ahora al buque inglés una docena de cofres repletos de plata, cuyo destino no es otro que el de pagar a los regimientos destacados en Orán. Mientras, a popa, otro grupo está llenando el pañol de fardos que contienen más de trescientos mosquetes junto a sus correspondientes cargas de pólvora. Aunque arriesgada, la operación se ha llevado a cabo en silencio y con tal diligencia que el sol apenas ha logrado asomarse por el horizonte. Poco después, y como es costumbre en la Armada de Su Majestad, el Almirante  Leake  ha ordenado izar su gallardete en el coronamiento de popa y sin mayor demora la flota ha puesto rumbo al puerto de Cartagena.

La Causa bien vale una traición.

Con viento a favor, Cartagena se encuentra ahora a no más de media jornada, que es la distancia justa que hay entre la gloria y el oprobio. Media jornada a caballo separa hoy Murcia  de Cartagena; en media jornada cualquier pueblo de los alrededores podría ser capaz de juntar a un centenar de labriegos y pescadores y echarse todos al monte; y en medio de una jornada cualquiera, acaso entre la que dista Aranjuez  de Madrid , pudieron anunciarle una mañana de mayo al conde de Santa Cruz  la pérdida de todos sus reconocimientos y prebendas. Otrora, el que fuera hasta hace pocos días Cuatralbo de las Galeras de España , don Luis Manuel y Fernández de Córdoba , conde de Santa Cruz de los Manueles acaba de personarse en cubierta. Por vez primera en toda la travesía, ha abandonado el camarote de oficiales que Leake  le ha ofrecido, y ha salido al exterior. Ninguno de los oficiales que ha bregado durante la noche con la tormenta se encuentra ahora en cubierta. Tan solo el Piloto le ha hecho un gesto desde el timón cuando el sol, que apenas flotaba sobre las aguas, ha encendido un instante sus inveteradas condecoraciones. El conde, que ha rehusado por el momento dirigir su mirada hacia el oriente, ha ordenado al amanuense que tome la escribanía y se apresure a escribir una carta que no admite más demora. Desde mi posición, cerca de una tronera de proa, puedo oír con toda claridad sus palabras: “Ilustrísimo Sr. Marqués de Cabrega, gentilhombre de Cámara, Gobernador de la Ciudad de Cartagena don Fernando de Aragón Moncada de Luna y Cardona , Duque de Montalto y Bibona,  Príncipe de Patterno , Conde de Cartanagalta ,  Marqués de los Vélez  y Adelantado Mayor del Reino de Murcia. Habiendo entendido yo que el Sr. General Leake  desea cumplir las órdenes que trae sin la más leve extorsión a Vuestra Ilustrísima, tengo la ocasión de prevenirle, que la Armada que fondeada está en el puerto de su Muy Noble Ciudad, está servida por más de tres mil hombres de la mejor calidad, fuera de los Granaderos de la Gran Guardia con que se guarnecen y que de no atender la oferta de apoyar la Causa del Archiduque Carlos, éstas se aumentarían a más de cuatro mil de entre otros tantos escogidos marineros”. De un tirón, el conde ha dejado al escribiente todavía colocando títulos y amenazas, títulos de pagos desconocidos y amenazas que si bien aparentan ser ciertas, cuando menos parecen hinchadas en número ante tan poca Flota. Setenta barcos eran los que merodeaban hace unos días por las costas de Alicante, sin embargo quién sabe qué podrían ocultar las bodegas de un barco inglés, como suelen decir los gallegos de la Ría de Vigo  después de los aciagos días de Rande . “Y porque en todo acredito mi amor a Vuestra Ilustrísima  -prosigue impertérrito el conde- se lo expreso antes que verme en la obligación de llorar esta ruina, añadiendo a Vuestra Ilustrísima que tengo entendido que Fulano Silbes , el Cónsul y otros franceses han tomado la resolución de sacar a sus familias de esa Ciudad, y para redimirse de la esclavitud con que la oprimen, han dejado mecha en la Casa de la Pólvora a fin de satisfacer contra esos vecinos su última tiranía”. Llegados a este punto, el amanuense ha demandado al conde una aclaración sobre el asunto de la pólvora (the house of gunpowder), porque tras la traducción no ha entendido bien si el ínclito Solbis va a volar el polvorín de Cartagena  o es que en realidad aquella es una expresión al uso. Ni que decir tiene que el conde no ha hecho ni una cosa ni otra sino que ha añadido un breve párrafo más barroco si cabe con el objeto de convencer al marqués de Cabrega . “Sobre qué deberá hacer Vuestra Ilustrísima, le recomiendo reconocer las propuestas de esta misiva y poner guardia de la mejor forma que convenga a su propia preservación. A bordo del Prince George . El conde de Santa Cruz de los Manueles”.

 Entretanto, el Almirante Leake  ha mandado llamar al contramaestre para que un oteador suba hasta la cofa. Cartagena se puede a poner a la vista en cualquier momento, y despejados los cielos como están, el marino inglés confía en aparecer por sorpresa en la rada a eso del mediodía. Medir una flota por el número de cañones es una forma de evaluar la capacidad destructiva del enemigo, sin embargo, en un barco esa capacidad queda disminuida por el hecho de que la artillería útil solo se encuentra a uno u otro costado  cada vez. Por este motivo, el acoso a una plaza requiere siempre de un número indeterminado de maniobras para poder mantener la superioridad en todo momento. En cualquier caso, el almirante Leake cuenta con una potencia de fuego de trescientos cincuenta cañones, lo cual supone una superioridad evidente a pesar de las defensas amuralladas con que cuenta la ciudad.

“La Armada enemiga es avistada”

En la carta que el almirante Leake ha desplegado sobre el pupitre de bitácora, el puerto de Cartagena tiene claramente forma de herradura. Un herraje sobre cuya coronación pueden apreciarse las dos torres del Castillo y las agujas de la Catedral sobresaliendo de entre tres de las cinco colinas que dominan la ciudad. Tampoco pasan desapercibidas muchas ruinas de edificios y muelles que los moradores llaman hoy los Antiguones . La Isla Combrera ha quedado a estribor mientras enfilamos la bocana del puerto, y al fondo, detrás de un pequeño manchón de palmeras, pueden intuirse los campanarios de algunas pequeñas iglesias que a rebato tocan ante nuestra repentina llegada. A mi lado el conde de Santa Cruz, no esconde su satisfacción. Tanta es su despreocupada euforia que he creído oírle recitar los primeros versos del romance de Juan Ollero  sobre la reyerta con los turcos: “…con viento muy apacible/al romper la bella Aurora/rompen el campo azul/seys galeras bellicosas”. Por el contrario, en un inusual gesto de  prudencia, el almirante ha ordenado fondear a la entrada del puerto, precaución que sin duda le asegura una vía de escape. Tal gesto de cautela no ha escapado a la consideración del Mayor Richard Hedges  jefe de las fuerzas de ocupación, sobre todo después de conocer la información de los espías de Lord Peterborough , según la cual los buques del Corsario francés imponen sus respetos en estas mismas aguas. Pero… ¡Atención¡ Me preguntabais hace un momento desde los estudios de qué manera procedería el almirante Leake  al llegar a puerto. Pues bien, creo que dentro de un instante conoceremos las verdaderas intenciones del marino ingles.  Efectivamente, algo va a suceder de un momento a otro. Así es. El contramaestre tras una indicación de Leake, ha ordenado desarrumar parte de la carga y se ha abierto una de las troneras de estribor. Cuatro marineros están cargando una pieza de artillería de gran tamaño, tal vez la más grande de cuantas se alinean bajo cubierta. Finalizada la tarea el condestable ha solicitado permiso para cargar un enorme obús de hierro, permiso que le ha sido negado porque la andanada al parecer será tan solo una salva de aviso. ¡Preparados! ¡Fuego! El eco atronador del disparo se multiplica en la bahía y son las colinas de la ciudad las que devuelven el aviso, colinas que Leake había encontrado en el mapa. «Cartagena: civitas quinque montium» (ciudad de las cinco colinas). Y el sonido rebota de una a otra, levantando las cigüeñas del campanario de la catedral y la ropa tendida al sol en esta mañana de junio. Cinco colinas que al fin y al cabo vienen a completar el perímetro del amurallamiento que en su día llevaron a cabo Vespasiano de Gonzaga  y Juan Batista Antonelli , dos extraordinarios arquitectos que finalmente decidieron dejar fuera del recinto los montes Phesto , Crono  y Aleto , tres de las colinas que ahora expelen el atronador vahído de la pólvora. ¡Fuego! -ha ordenado nuevamente el condestable. Y es entonces cuando las cigüeñas de la primera andanada han roto la formación de vuelo para girar noventa grados a poniente. Luego, como si de un extraordinario fenómeno físico se tratase, se ha hecho el vacío en toda la ciudad. La ropa que hasta hace un momento tremolaba al viento ha quedado suspendida en el aire, inerte, como si un gigantesco fuelle hubiese compensado la presión del cañonazo. Después todo se ha quedado quieto, con esa quietud celosa que a veces tienen los días de verano, una quietud tan definitiva que ha llegado a enmudecer incluso las campanas de la catedral y el aleteo de los pájaros.

Credenciales a las tres.

En medio de semejante silencio, el almirante ha destacado al Mayor Hedges para anunciar las intenciones de la Coalición angloalemana. Para ello se ha botado una pequeña embarcación con doce Granaderos de la Guardia y tres marineros de altura. Coyuntura que este reportero ha aprovechado para acompañar al destacamento en su empresa, permiso que ha sido concedido siempre que bajo juramento me comprometa a no dar pábulo a otras informaciones de refutado valor estratégico. Después de acordar éstos términos con el almirante, el bote ha iniciado su aproximación al puerto de Cartagena . Por lo que se ha podido saber en círculos de Leake , el Mayor Hedges porta tres cartas que ha de entregar a los notables de la ciudad de Cartagena. La primera de ellas es la del Excelentísimo Señor General duque de Peterborough, fechada en Valencia  el 21 de junio de 1706; la segunda es la que ha escrito el almirante Leake y cuya fecha no es otra que la del 23 de junio de este mismo año; y la tercera, la que el conde de Santa Cruz de los Manueles  había dictado momentos antes al amanuense de a bordo. Todas están dirigidas al Gobernador de Armas de esta Plaza, marqués de Cabrega .

La travesía apenas ha durado un par de minutos y tan desabrida ha sido la llegada que una vez en puerto uno de los marineros ha tenido que reptar con una estacha hasta la dársena y asegurar la embarcación al único noray del muelle. Como nadie esperaba la comisión parlamentaria del Mayor Hedges, éste en un arranque resolutivo se ha encaminado hasta el edificio más cercano al puerto. No ha tenido que recorrer mucho camino antes de que una comisión formada por una docena de hombres le saliera al encuentro. El saludo por ambas partes ha sido muy frío, y el que encabeza la comisión de notables le ha preguntado por las verdaderas intenciones de la Armada inglesa. El Mayor Hedges, haciendo alarde de la tradicional flema inglesa le ha largado las tres cartas y le ha recomendado seguir escrupulosamente las directrices de esas misivas.

 ¡Traidor¡ -ha gritado entonces uno de los presentes. ¡Traidor¡ -ha vuelto a gritar dirigiendo el improperio hacia donde estaban fondeadas las naves. Allí podía verse claramente en cubierta la figura del conde de Santa Cruz siguiendo los acontecimientos que estaban teniendo lugar en  tierra.

¡Traidor¡  -pero esta vez no pudo acabar la ofensa porque el militar inglés adelantó un paso al frente, desafiante, sabedor de que los Granaderos habían acudido ya a cubrirle las espaldas. “Permítanos reunirnos en Consejo para su lectura” -zanjó incómodo el Gobernador.

Una vez en el Ayuntamiento los regidores han seguido la lectura del Secretario con creciente expectación, pero  es ahora, al concluir la carta del conde de Santa Cruz, cuando se han desatado los nervios, tanto que si no fuese por la interposición decidida del regidor Manuel Aurich Torres  y la del marqués de Cabrega, podría decirse que la invasión de Cartagena estaría teniendo lugar en mitad del Salón de Plenos. Estando las cosas como están, el Gobernador de la Plaza ha decidido extender al Mayor Hedges  -que espera asombrado en la antesala del Consistorio- la solicitud de veinticuatro horas para poder dar una contestación al almirante. Un leve gesto ha bastado para dar por entendido el mensaje, sin embargo, cuando éste comenzaba a descender la escalinata del edificio, uno de los más encendidos miembros de la comisión le ha espetado con encono algunas amenazas relativas al cardenal Belluga , a las tropas de las Compañías de Parroquias, y a la furia los franceses que, tarde o temprano, acabarían por hundirlos a la misma entrada del puerto. Pero para cuando hubo acabado, Hedges y su inseparable flema se encaminaban ya hacia el bote y los ecos de la marcha granadera resonaban en el amargo abandono del muelle.

Toma y daca.

Con la caída de la noche, los regidores y demás personalidades han decidido reunirse en casa del que en estas dramáticas horas asume también la responsabilidad militar: don Fernando de Aragón Moncada de Luna y Cardona , Brigadier de la Plaza de Cartagena. A la asamblea se le han unido igualmente los regidores de los pueblos y pedanías vecinos. Entre ellos los hay dispuestos a defender la ciudad de las pretensiones inglesas, y para ello evocan la ayuda que, sin duda se ha puesto ya en marcha desde todos los rincones de la provincia; pero al cabo, otros con argumentos que en ocasiones reflejan prudencia y en otras denotan tibiezas más que sospechosas, se vuelven a producir los sucesos del Consistorio. Por eso no es de extrañar que a la afectación primera suceda ahora  la enjundia y  la exageración, y que de nuevo los gritos de traición y felonía traspasen los muros de piedra del palacete de los Cabrega.

Sin embargo, a pesar de la algarabía, parece que hay ya un primer borrador de la Capitulación de Cartagena, hecho éste que parece inevitable porque el marqués, en un intento por serenar los ánimos, ha ordenado al servicio la disposición de un refrigerio para los miembros de la Asamblea. Y ha sido en ese preciso momento, cuando ha cruzado sigilosa la estancia doña María Sánchez de Godoy , esposa del marqués. Flota en la mente de todos la situación tan embarazosa en la que podrían quedar algunas órdenes religiosas al haber auxiliado a leales y afrancesados, y cómo los presentes pasaron de puntillas las posibles represiones a aquellos que defendieron la causa de Felipe de Anjou. Por eso, el gesto preocupado en el rostro de la esposa del Gobernador es tan evidente que éste ha alzado un instante la cabeza del legajo que le pasaban a la firma y ha seguido con la mirada a su mujer.

“Bien, Señores -ha declarado el Secretario. Ya está. Firmado, en la muy noble y muy leal ciudad de Cartagena y casa de la morada del Sr. Brigadier, Marqués de Cabrega, en 24 de Junio del año 1706”.

Es entonces cuando éste reportero, en la creencia de que las noticias esta noche corren por el lado de la marquesa antes que en los salones en donde se ha fraguado la Capitulación, ha optado por seguirle los pasos. Sin embargo, uno de los cocheros se ha interpuesto en mi camino y  ha impedido que alcance las caballerías en donde ahora un par de mozos están enjaezando dos yeguas tan negras como la noche. En cambio, un gesto de la marquesa ha bastado para que el cochero libere el pasillo y permita acomodarme en el carruaje. Una vez dentro he podido constatar que a la marquesa la acompaña también una sirvienta que sostiene sobre su regazo un pequeño cofre y un enorme bolsón de cuero. “Ni una pregunta, señor reportero” -ha afirmado con rotundidad la esposa del Gobernador. “Ni una pregunta” -ha constatado el cochero mientras aseguraba los portones del coche. Y así, en mitad de la noche, ha comenzado el viaje a través de una Cartagena , que si bien dejaba fuera de la nueva fortificación a los montes de Mercurio  y Esculapio , en cambio nos permitía recorrer solícitos las calles partiendo del Castillo de la Concepción , lugar desde donde arranca la muralla hasta la calle que talvez luego vengan a llamar de Faquineto . Después, tras dejar las estrecheces de la calle del Adarve , continuamos circundando el Molinete  por San Esteban  y la Morería Alta , y así casi sin darnos cuenta volvimos a bajar hasta la Puerta de Murcia . No sé cuándo pero de pronto habíamos llegado a la calle Seña , en donde por razones desconocidas tuvimos que rodear la Casa del Rey. Llegados a este punto, la marquesa hizo un gesto a la doncella y ésta entregó el cofre a un franciscano que surgió en la noche. Nuevamente de camino, avanzamos hasta llegar a la calle Real y ya, sin duda, más relajada la marquesa me hizo señas porque desde allí se podían apreciar  los farolillos que anunciaban  la inminencia de la Puerta del Muelle . Luego todo fue más fácil, solo había que a ascender por detrás de la Catedral para llegar de nuevo al Castillo; un camino que con toda probabilidad tuvo que realizar también una noche de verano Vespasiano de Gonzaga  para definir su espléndida obra militar.  Unas calles más abajo y de nuevo entrábamos en la Casa de los Cabrega . “Ni una pregunta, señor reportero” -ha vuelto a repetir la marquesa. “Ni una palabra” -ha aclarado el cochero.

Invasión. Tibieza. Traición

A las once de la mañana la escuadra inglesa había decidido desembarcar. La operación se llevó a cabo cuando la Revenge  aceptó el gallardete del almirante Leake, y desde ese momento se convirtió en la nave capitana de la Flota. John Leake, desde el majestuoso coronamiento del buque, dio las últimas instrucciones al Mayor Hedges  y deseó toda clase de fortunas al conde de Santa Cruz.  Por lo que respecta al desembarco, la operación  se fue desarrollando con la misma orden y concierto que como se había previsto, y tanta fue la diligencia que en menos dos horas habíanse formado en tierra la totalidad de los setecientos hombres de la primera oleada.  ¡Fuego! -ordenaron desde la Revenge. Y con el toque a rebato de la pieza de campo podría confirmarse oficialmente la invasión de Cartagena. Una de las primeras órdenes que el nuevo Gobernador inglés tenía encomendada era la de inspeccionar los conventos y las iglesias con el propósito de descubrir los efectos de los franceses para confiscarlos. Y allá marcharon dos compañías de Granaderos. La primera tomó la Puerta del Muelle con dirección al convento de San Diego, a cuya orden pertenecía el franciscano de la madrugada anterior. La segunda se apostó en los alrededores del Consistorio, y logró mantener un destacamento de guardia en el muelle. Las calles de la ciudad otrora vacías -pendientes como estaban sus habitantes de la ocupación- recuperaron inusitadamente la vitalidad ordinaria. Tanto la una como la otra, tuvieron en ocasiones que tomar otro itinerario, atestadas como estaban las calles interiores por haberse constituidas en improvisados mercados al aire libre. A pesar de la escasez inicial, en la que el cardenal Belluga  ordenó a sus fieles enviar cargas de trigo y maíz para la elaboración de bizcochos “siempre mejores que el pan, porque aquellos aguantan más tiempo antes de ponerse duros”, y como si el gran cuerno de la fortuna los hubiese invadido antes de que lo hicieran estos ingleses tan blancos y arrogantes, las frutas y las hortalizas se acomodaban en las aceras de las calles junto al pescado de roqueo, el rape y las acedías. Tan frenética actividad tenía confundidos a los ingleses que no sabían bien si arrancar de sus celdas a clarisas y benedictinos o hacer un alto para meterse un caldero con sus ñoras y sus tropezones de mar. Porque así, visto desde la cercana perspectiva de éste reportero, en los moradores de la ciudad hay algo que confunde y retiene, acaso que entretiene y distrae. A veces, al paso de una compañía se hace el silencio, y al momento se produce una algarabía o una mudanza, por lo que es posible encontrar a un vendedor de alfombras en una calle y al cabo de dos manzanas, trocarse en un hábil marroquinero o en un afilador de cuchillos y espadines. Y el inglés, aturdido, que no hubiera podido jamás imaginar que semejante Plaza tuviera tanta entidad y comercio, avanza entontecido por el gentío y las mercadurías. Sin embargo, a veces los comerciantes susurran algún nombre en sordina, y a un “tengo huevas ahumadas, mister” se les podía escapar el extendido anhelo de la pronta intervención del duque de Berwick.  Así, la invasión avanzaba con las dificultades propias de un zoco, con sus especias y sus chascarrillos. Y mientras tanto, en algún puesto de azafranes y  pimientas, alguien bien informado traía nuevas de Murcia, ciudad en la que el Cabildo había pedido “los socorros que se puedan suministrar para ayudar a los cartageneros”; de Librilla  que a través de la mano hábil de Baltasar Fontes  se dispusieron ciento cincuenta hombres de a pie, los cuales a golpe de tambor, partieron a las cinco de la mañana para despachar ingleses y teutones; de Alhama  que se ofreció con seiscientos hombres como si se hubiera ofrecido con trescientos varones iniciales; de Lorca , que cuando leyeron las cartas prepararon sin demora un navío con ocho cañones que por desgracia naufragó a pocos metros de la playa; de Almazarrón,  que se había adelantado nada más y nada menos que con seiscientos marineros curtidos por la sal y los rompientes amaneceres de tantas jornadas de mar; de Vélez   y de Vera  que habían escrito al Corregidor de Lorca  para ofrecer su sangre, que era lo que más tenían a mano. Pero  los ingleses, acaso en su aturdimiento,  al llegar al convento de San Diego no acertaban ni diplomática ni militarmente a doblegar a los franciscanos. Y así llegó la primera andanada a los muros del convento. ¡Fuego! -gritó el oficial, pero el tiro, con más ruido que nueces partió la copa de un ciprés centenario sin que piedras ni cancela sufrieran el menor daño. ¡Preparados! -volvió a gritar el oficial apuntando esta vez a la robusta fortaleza de una puerta también centenaria. Pero cuando ya cargaban el obús los Granaderos, surgió de entre la polvareda la impetuosa calesa de doña María Sánchez de Godoy  marquesa de Cabrega y esposa del Exgobernador de la Plaza, que armada con un misal, se plantó ante el joven oficial, y mirándole directamente a los ojos le preguntó si su conciencia sería capaz de soportar el peso de haber destruido para siempre las reliquias de San Pedro de Alcántara , aquel que fuera protector de Santa Teresa de Jesús . Y el oficial, de indubitable presencia de ánimo, decidió pasar a la historia por otros hechos menos luctuosos antes que cargarse la memoria de una parte singular de la Iglesia española. Entonces, una sola llamada al portón de roble bastó para que apareciera el franciscano de la madrugada y se llevara a cabo un registro sin sobresaltos ni detenciones.

Sin embargo, los rumores del gran mercado en el que se había convertido Cartagena , eran que de un momento a otro veríamos aparecer el polvo de las fuerzas leales por la Puerta de Murcia .  Pendones mezclados con horquillas de recoger el heno; entorchados y pasamanerías frente a harapos carcomidos por incontables capas de salitre, curas y militares, duques y lacayos, hombres y mujeres, todos a punto de entrar por aquella bendita puerta. Y la hora que no llega. Todo el mundo embaucando ingleses, entreteniendo, atrasando, y las únicas noticias que arribaban eran las del desembarco del Conde de Santa Cruz, ahora reunido con el tibio marqués de Cabrega  y el regidor Torres en el nefasto Salón de las Capitulaciones. Nadie sabe porqué no llegan.  Nadie sabe porqué parte súbito en mitad de la mañana un correo a Murcia . Nadie sabe nada, excepto que los ingleses están desembarcando la segunda oleada de Granaderos.  ¡Fuego! -ordenó de pronto un oficial al condestable que gobernaba el cañón de campo.  ¡Fuego! -volvió a gritar frenético.

¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego! 

Y fue entonces cuando supimos que los ingleses estaban largando andanadas a la acrisolada fuerza de leales. “Algo huele a podrido en el Consistorio”   -y esta era la voz que corría por el extravagante zoco cartagenero. 

¡Fuego! 

Y así fue como se forjó la traición. Por un lado los notables se inscribieron en la lista austriaca de prebendas y felonías, los pícaros consiguieron títulos y dignidades, y los truhanes de la calaña de Busomos y Riquelmes acabaron por esquilmar a los extravagantes tenderos del zoco cartagenero.

Mientras tanto John Leake  que seguía la invasión desde el coronamiento de la Revenge , volvió a tomar el portulano de Juan de la Cosa  y buscó la carta en la que aparecía marcada la posición exacta de Menorca . Pasados seis días, Leake cambió el gallardete de almirante y regresó de nuevo a la Hampton Court .  

Es bien cierto que la Armada inglesa tomó una mañana de junio la Muy Leal y Noble Ciudad de Cartagena , pero que sepamos, John Leake  jamás puso un pie en esta ciudad.

Desde la Puerta del Muelle.
Alejandro Castelvecchio.
Enviado especial.

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