Las tardes hipotecadas

El mar devuelve todo lo que no es suyo.
Suyos son los harapos de algas,
la molicie de las conchas,
el espumoso volumen de las ondas.

Suyo es el juego de las mareas,
el olor a yodo y el salitre corrompido.
Suya es la brea del calafate,
el desecho de redes en la almadraba,
la basura cósmica de Juan Salvador Gaviota,
pero no la pitanza de plástico que mantiene a flote,
aunque si lo sea el cachalote moribundo.

Suyas no son las escamas de mercurio,
ni el color arsénico al atardecer,
suya es la balsa de Medusa al pairo abandonada,
pero no las manchas de aceite que reverberan al sol.

Suyos somos nosotros, cada uno aisladamente,
los son nuestros deseos, y suyos los ocasos
sobre los acantilados en San Julián de Loiba,
desde cuyo banco frente al mar
se abren muchas noches en Ortigueira
las puertas de la Vía Láctea.

Del libro «La Vía Láctea»

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