Crónica de un encubrimiento

Crónica de un encubrimiento. La noche más larga

La madrugada del 12 de octubre de 1492 la Expedición a las Indias, capitaneada por el Almirante Cristóbal Colón, divisó tierra firme. Varios motines a bordo a punto estuvieron de privar al mundo del más grande de todos los descubrimientos llevados a cabo por el hombre.

ANTONIO POLO. Desde la Mar Océana.

Madrugada del doce de octubre de 1492. Estudios centrales, ¿me recibís? Parece que hay alguna interferencia. ¿Me oís? Repito, me encuentro a bordo de La Pinta. La nave que manda el capitán Martín Alonso Pinzón está en estos momentos realizando una arriesgada maniobra cerca de la Santa María, la nao capitana de la expedición a las Indias. Como os informaba en la anterior conexión, Martín Alonso ha venido desoyendo repetidamente en los últimos días las órdenes que llegaban desde La Gallega, como llaman a la Santa María. Desde hace una semana la tensión puede mascarse entre los expedicionarios. Ya se han producido dos motines y la marinería no ha parado de solicitar el tornaviaje a sus respectivos capitanes. Los pilotos y los contramaestres también se han puesto del lado de sus hombres y la disciplina es ahora tan escasa como el tocino y las raciones de agua dulce de la despensa. Por eso ahora se acaba de producir cierta algarabía entre los marineros al recibir señales desde su castillo de popa. En efecto, estamos viendo la figura de un hombre que nos hace señas con los brazos. Podría tratarse incluso del mismísimo Cristóbal Colón. Sí. Confirmado, es el Almirante de la Expedición. Acaba de ordenar a Martín Alonso que navegue detrás de la Niña, la cual está haciendo agua desde el tres de octubre. Podemos oír con toda claridad las órdenes del marino genovés: “Quédese al reparo y gobierne con las velas, señor capitán”. Sin embargo, Martín Alonso hace caso omiso y continúa virando. La maniobra que está ejecutando la Pinta repito, es cuanto menos temerosa. Estamos tan cerca que podemos percibir hasta la respiración de la marinería, ya prácticamente amotinada en el castillo de proa. Navegamos en paralelo. Dos metros escasos nos separan de la Santa María. El capitán ha ordenado lanzar un cabo con el objeto de enviar un correo al Almirante en una canasta de mimbre. Juan Zumbado el chinchorrero (uno de los desnarigados que cambiaron su condena en las mazmorras de la Inquisición por una nueva vida en las lejanas islas de Catay y del Cipango) está introduciendo las cartas que le ha entregado Martín Alonso. Aprovecho entonces que el cesto es lo suficientemente grande y salto en el preciso instante del abordaje.

Ahora que ya estoy en la carabela del Almirante, puedo ver a los hombres tumbados sobre cubierta; veo también a Ramón Pané, el cántabro de la camarilla de Juan de la Cosa vigilando el acceso al castillo de proa armado con una espingarda. A mi alrededor puedo reconocer con claridad las marcas de cuchillos en la base del mascarón de proa, el improvisado pañol en donde reposan medio centenar de sables y arcabuces, los restos esparcidos de una de las clepsidras y las entrañas del tubo del hidrante que han venido marcando durante toda la travesía el falso tiempo y las menguadas leguas con las que el Almirante ha creado su doble contabilidad. Y es que todo lo que rodea a la expedición parece haberse apoyado en una gran mentira. Cuentan los contramaestres que tras las reuniones de los capitanes con Colón, éstos acababan maldiciendo en todas las lenguas conocidas. “Sepa usted que aquí hay judíos conversos, cristianos de pro, circuncisos de baja ralea y más de setenta presidiarios. Imagínese si tenemos don de lenguas” ha comentado con sorna a éste reportero, Luis de Torres, uno de los instigadores de las revueltas y a quién más respetan los hombres porque es el único capaz de hacerse entender en hebreo arábigo y caldeo

Sin embargo, la gran mentira para algunos, sobre todo para aquellos que están del lado del Almirante, es tan solo un pequeño desliz, una ridícula confusión entre las millas árabes de Alfagrán y las millas italianas. En cambio, para otros, para los insumisos y los amotinados se trata del mayor y más peligroso de los embustes conocidos por los hombres del mar. Para éstos no hay nada que justifique la locura de un visionario que ha llevado a la Corona y a un puñado de condenados hasta los límites de lo conocido, más allá incluso, opinan los vascos que presumen de dominar la ciencia de la cartografía, y que aquellos sueños de oro y especias con los que convenció a los banqueros y a los reyes de España no eran más que patrañas. Y es que nadie cree ya en las montañas de canela de Catay, ni en los bosques de maderas nobles del Cipango, y menos aún en el oro de las Indias, tanto oro que tendrían que fletar miles de carabelas para transportarlas hasta el puerto de Palos de la Frontera, decían. Nadie cree ya, después de dos meses de navegación, que sólo se hayan recorrido quinientas leguas o que en los últimos tres días hayan podido avanzar apenas 20 leguas. “Tenía que haber visto usted como llevábamos las velas cangrejas de hinchadas. Como dos tetas amigo, como dos tetas” afirma el Chinchorrero, mientras ríe a carcajadas el cántabro que hace guardia en popa. En lo único que creen ahora es en la llegada del amanecer y poder virar rumbo a España.

La Pinta ha tomado la delantera. Desde mi posición apenas puedo distinguirla y es que al aciago rumbo que están tomando las cosas hay que añadir también el eclipse de Luna que ha convertido la noche en un oscuro pozo. Por el contrario a quien puedo ver con claridad es al Almirante al que en estos momentos, el escribano Escovedo le hace entrega de la carta que le ha enviado desde la Pinta el capitán Martín Alonso. El marino genovés le ha echado un rápido vistazo y la ha tirado por la borda en un gesto de desprecio. El gesto no ha pasado desapercibido a los amotinados, que lejos de enfurecerse sonríen calladamente sabedores de que tiene las horas contadas.

Desde la inquietante maniobra de hace unos minutos, la travesía transcurre con la misma normalidad de hace días, es decir sin nada anormal, sin sobresaltos de nubes a ras de agua, que siempre indican tierra, como muy bien saben los marineros, sin vientos tempestuosos que obliguen a los hombres a trajinar por los mástiles hasta desollarse las manos y los pies por el roce con las maromas húmedas, ni calmas que incendien los nervios como aquellas de hace veinte días, que fueron según afirma fray Buril, las verdaderas responsables de esta situación. Ahora, en cambio, la noche es rasgada acaso por algún pájaro que roza con sus alas la cofa del mastelero y cuyo sonido viene a ser algo así como un siseo imperceptible para la mayoría pero que, sin embargo sobresalta al Almirante. “Toda la noche se oyeron pasar pájaros” dicen que es lo único que repite desde hace tres días. Por eso de nuevo ha mandado llamar a Pedro Gutiérrez el repostero, uno de los pocos que aún está a su lado, y le obliga a otear un horizonte desaparecido en busca de alguna señal. El repostero se alza sobre uno de los trinquetes y trata de penetrar en la negrura de la noche. De vez en cuando dirige una mirada a la cofa para compulsar el más leve indicio en esta impenetrable oscuridad.

Pero no ha sido siempre así. La calma que ahora se disfruta es la consecuencia del miedo primero, de la turbación siguiente y del desatino después. Hace tan solo seis días, las naves eran un hervidero de furia e indignación. Al principio sólo eran miradas de soslayo que mucho decían, luego se alzaron las quejas con mayor intensidad pero no porque la tierra no estuviera a la vista sino por otros motivos que ocultaban la verdadera razón del colectivo enojo. Este reportero sufrió en carne propia la ira de los quejumbrosos, cuando enzarzados en una trifulca el gaviero Rafael de Palma y el veedor de Triana, fuera atropellado y ya sin equilibrio a punto estuviera de caer por la borda. Pérdida irreparable y sin sentido por otro lado, no ya porque se hubiese tratado de mí, sino porque el verdadero motivo de la pelea no fue otro que una diferencia de opinión sobre la gusanera que había aparecido en la cecina del despensero. Y así fueron transcurriendo los días en ese desasosiego de almas. Sin embargo, las noches no les iban tampoco a la zaga. Hasta la Salve que fray Buril había impuesto desde que partimos de España, se cantaba en sordina, incluso con sorna por algunos de los nuevos cristianos que ya no creían en Paraísos ni en vírgenes. Aunque al fraile, por lo general sereno, se le inflaban las venas del cuello ante estas manifiestas faltas de fe y les obligaba a repetirla una y otra vez. Diez veces la llegaron a cantar una noche. Y así se fueron gestando los motines del día 9 de octubre. Nadie sabe con exactitud cómo se originó aquella pelea en cubierta, pero lo cierto es que Peralonso Niño, el más joven de la familia Niño, armado con un sable se encontró con Bartolomé Torres, el asesino del pregonero de Palos, que acudía a la camareta del Almirante con el rancho del día. Aunque en desigual combate, Bartolomé Torres le hizo frente con un enorme cucharón de hierro. A favor del imberbe Niño acudieron Ramón Pané el desdentado, Luis de Torres que sacudía mandobles mientras escupía juramentos en hebreo Rodrigo de Triana, que en realidad es vecino de Ayamonte, el contramaestre de los Yañez y Juan Zumbado el Chinchorrero que tiene el don divino de la ubicuidad y siempre se le puede encontrar en todos los fregados. Por su parte el exconvicto Torres pudo mantenerlos a raya en el umbral de las escalinatas del castillo de popa gracias a la ayuda incondicional del gaviero Palma, a la presencia hierática del escribano Escovedo y a la portentosa figura de una bestia parda como Rodríguez Sánchez de Segovia, un carnicero en todos los sentidos.

La lucha se extendió pronto a los sollados en donde quedó encerrado Pedro Gutiérrez el repostero al que querían tirar por la borda por negarse a preparar un bebedizo de cicuta que acabase definitivamente con el Almirante. Dos horas de trifulcas bastaron para definir las posiciones en el barco: los que estaban a favor de Colón quedaron refugiados en el castillo de popa, los instigadores del motín ocuparon el resto de la nave. Una comisión encabezada por Vicente Yañez, acudió desde la Niña para pedir explicaciones sobre la maldita carta con la que guiaba el Almirante la expedición. Un Piloto moribundo en las Azores, hijo del mismísimo Belcebú, dicen fue quien le entregó aquel mapa. “A quinientas leguas encontrará la mayor porción de tierra del planeta” y aquellas fueron las últimas palabras del Piloto Desconocido. Y comoquiera que ya llevaban recorridas más de quinientas cincuenta según la falsa contabilidad, la insurrección se desató en las tres carabelas. Entonces ya no tuvo más remedio el Almirante que poner en juego su cabeza. “Si de aquí a tres días no descubrimos tierra firme, juro cumplir sus deseos” les prometió Colón. Y de esta manera cesó la revuelta. Tres días. Sólo tres días lo separaban de la gloria o del olvido. Aceptaron los insurrectos después de oír aquellas palabras y los ánimos aflojaron un tanto la tensión.

A esta hora, sin embargo, la noche ha caído con toda plenitud sobre las tres carabelas Apenas unas indefensas luciérnagas señalan los territorios conquistados por cada bando mientras el silencio se suma también a la vigilia. Sólo yo me atrevo a disturbar el consenso logrado a tan alto precio. Me acerco sigiloso a popa, en donde está haciendo guardia Bartolomé Torres. Tengo intención de entrevistarme con el Almirante, ahora que parece más relajado y lleva largo tiempo atento a las maniobras del escribano Escovedo que está gobernando la nave. El exconvicto hace ademán de desenvainar el sable pero Colón se le adelanta y con gesto autoritario me invita a subir.

Antonio Polo. ¿Es usted Almirante consciente de que tan pronto como amanezca, los amotinados tienen la intención de relevarle del mando y comenzar el tornaviaje?

Cristóbal Colón. Yo mismo les hice tal promesa hace tres días. Pero no se inquiete usted señor reportero porque la tierra está ahí mismo. Está delante de nuestros ojos, justo tras esa cortina negra con la que ahora se arropa. ¿No la huele? ¿No la oye? Yo llevo tres noches oyendo el embate de las olas sobre sus riscos, y a los pájaros, a los pájaros los oigo a todas horas. Los oigo mientras buscan la pitanza en las crestas que deja nuestra estela, los oigo cuando tratan de anidar en la cofa, hasta los oigo copular en pleno vuelo. Y es que éstos son pájaros que duermen siempre en tierra ¿sabe usted? Hace ya una semana que no hago otra cosa que oír bandadas de pardelas, alcatraces y peces golondrinos ¡Como si yo fuera el único que aún mantiene los cinco sentidos en esta nave! Lamentablemente, lo que no logro es convencer a esa chusma sorda que se me ha sublevado.

A.P. Por lo que he podido averiguar, los hombres opinan que usted los ha engañado. Que esta travesía es la consecuencia del sueño de un visionario, y que como tal ya la desaprobaron los cartógrafos portugueses y la Junta de Cosmógrafos de Castilla y León, y que para acabar sepultados en las simas del Mar Tenebroso mejor hubiera sido pudrirse en las mazmorras de la Inquisición.

C.C. A decir verdad no les reprocho que tengan temor a lo desconocido, sin embargo, qué tienen ellos que perder. Sabe que en esta Expedición llevo a más de setenta presidiarios entre ladrones, violadores y asesinos. Cuántos cree que habrían podido sobrevivir al potro de Torquemada. En cambio yo les he ofrecido la libertad y la posibilidad de comenzar una nueva vida en el rico Reino de las Especias; los doce mil maravedís que cobrarán por estar dando bordos un par de meses, y por último un lugar en la Historia. ¿Cree usted justo que tenga yo que poner en juego la cabeza para hacerles un hueco en la Hagiografía de los Grandes Descubrimientos?

A.P. Pero engaño hay. ¿No es cierto?

C.C. ¡No me joda, hombre! ¡Claro que lo hay! Si han montado todo este tinglado porque piensan que llevamos mareadas quinientas cincuenta leguas, ¿qué cree que me hubieran hecho si supieran que en verdad son más de setecientas?

A.P. Entonces ¿es cierto lo del Piloto Desconocido?

C.C. No lo niego. Como tampoco niego los versos que Séneca escribiera en su Medea:

… Vernán tiempos a los tardos años del mundo/en los cuales la mar océana afloxerá/los atamentos de las costas/y se abrirá una enormísima terra incógnita/y un nuevo marinero/como aquel que guió a Jasón en el descubrimiento/del vellocino de Oro/un marinero que obe el nombre de Tiphi/descobrirá un Nuevo Mundo/y entonces non será la Isla de Tille/la postrera de las tierras…

¿Por qué no podría yo ser ese Jasón del vellocino de Oro? Sepa usted que si Nuestro Señor no me hubiera otorgado el don de la perseverancia, cualquier otro ya se me hubiera adelantado. Escuche, para agrandar el Mundo es necesario achicar otras cosas. Por ejemplo, hay que achicar el Mar. A mí no me quedaron dudas y rectifiqué la carta de Toscanelli. El Mar Tenebroso del que hablaba el sabio florentino es demasiado grande para nuestras mentes sublunares, así que lo dejé a la mitad. De esta manera coinciden las distancias con las que me narró el Piloto Desconocido, ese infeliz protonauta que afortunadamente para mí descansa en algún olvidado cementerio de las Azores.

A.P. Juega usted duro Almirante. Y si la tierra no está al cabo de la noche, y si se topan con los cumulonimbos que bajan a refrescarse a la superficie del agua como ocurrió hace unos días, y si esos pájaros no duermen en tierra sino sobre la pradera de algas que llevamos en proa, y si…

C.C. ¡No sea usted coñazo!

Un nuevo gesto del Almirante y acude presto Bartolomé Torres. “La entrevista ha terminado” me informa el bujarrón de Palos.

Es la una y media de la madrugada y el gaviero Palma sube al trinquete para relevar al repostero que ya no se tiene en pie. Algunos hombres que están del lado del Almirante duermen bajo la escalinata de popa. Es lamentable comprobar su estado. Cansados, sucios y llenos de temor. Me preguntabais desde el estudio hace un momento sobre la suerte que podían correr éstos hombres. Es difícil saberlo. Si al amanecer no se divisa tierra aquí puede estallar una nueva revuelta, y esta vez es posible que la sangre tiña de rojo la infesta sopa del Mar de los Sargazos. Y si por el contrario la gran Isla de las Especias surge desde las profundidades de ésta lóbrega noche, de Cristóbal Colón se va a hablar durante mucho tiempo. No olvidemos que si eso sucede, estaríamos nada menos que ante el Capitán Mayor de la Armada, Almirante de las Mares Océanas y de todas aquellas islas y tierras firmes que por su mano o industria se descubrieren o ganaren, Virrey y Gobernador General de todo lo que descubra y gane en las dichas mares oceánicas e interiores y de todas aquellas hasta donde llegase el agua salada dentro de su demarcación, Dueño y Señor de la Décima Parte de todas las ganancias habidas dentro de los límites de su Almirantazgo, y por Real Provisión de los monarcas: “fazemos merced de los dichos oficios de Almirantazgo y visorrey y governador por juro de heredad para siempre jamás” como así consta en las Capitulaciones de Santa Fe . Por eso no sería prudente preguntarle a Colón sobre dicho asunto en estos delicados momentos, sobre todo por el bien de los amotinados.

De nuevo, como en noches anteriores, volvemos a oír pasar pájaros. En realidad es eso lo que hacemos: oírlos. No es de extrañar por tanto, que la certera pedrada de uno de los insurgentes a un rabiforcado que cae a plomo sobre cubierta cause tanto revuelo. Hasta ahora esa pieza es el único augurio bondadoso que les han deparado los cielos. “No cabe duda de que el mozo o tiene buena puntería o está tocado por la suerte del giboso” balbucea el Chinchorrero. “Seguro que tiene escamas” afirma con sorna Peralonso Niño mientras sujeta el ovíparo por un ala. “¡Y dicen que estos pájaros duermen en tierra!” añade socarronamente. De entre los amotinados ninguno alberga esperanzas de que al lienzo negro de la noche, el vigía le pegue una pincelada amarilla y estridente. Tan sólo se ocupan ya de echar un ojo a la clepsidra que anunciará la llegada del amanecer. Y de nuevo las conversaciones vuelven a apagarse con las últimas boqueadas de la moribunda ave. De nada sirve tampoco la oferta que hiciera el Almirante a la tripulación consistente en un jubón de seda de añadidura a los diez mil maravedís de la Corona para el primer hombre que divise tierra firme.

¿Saber qué es lo que piensan éstos hombres ahora? Volver, sin duda. Ya han intentado todo. La Santa María, que no es muy marinera de por sí, se quedó sin ancla poco después de partir de La Gomera. Aquel fue un trabajo arduo llevado a cabo por Ramón Pané y Luis de Torres una noche de perros. Acomodar la cecina cerca de los porosos barriles de agua fue una laboriosa tarea de sabotaje de Juan Zumbado que tuvo que estibar la mitad de la carga agazapado en la bodega. Sin embargo, para minar la moral a bordo basta que alguien pregunte cuántas leguas se llevan mareadas.

Dos y media de la madrugada.

¡Atención estudios! Parece que hay algún movimiento en el castillo de popa. El Almirante ha mandado llamar al repostero Gutiérrez y le ordena que oteé por el lado de estribor. El repostero se adelanta tanto que en un descuido podría caer por la borda. Desde aquí es imposible saber exactamente qué es lo que ocurre. Voy a acercarme hasta allí. Lo hago por la zona de estribor y voy sorteando a los marineros que a mi paso se van incorporando. Algunos se acercan al pañol para armarse en la creencia de que se está gestando otra asonada, pero la mayoría se apostan en la amura de estribor e imitan al repostero Gutiérrez. De nuevo se oyen pasar pájaros. Por la estridencia de los trinos, éstos de ahora deben ser distintos de los rabiforcados. Tal vez se trate de una bandada de alcatraces o de somormujos chapoteando en el agua. “¡Un palo!” Alguien ha gritado en la noche. “Han encontrado un palo” añade el Chinchorrero. Los hombres lo izan a bordo mientras forman un corro alrededor del pequeño tesoro. “Es un báculo tallado” asegura Luis de Torres. “Tallas como ésta se las puede encontrar en los zocos del Oriente. Recuerdo…” y le interrumpen los hombres que no están para soportar las historias del estirado Torres. Todos los ojos de la Santa María tratan de penetrar la oscuridad. Incluso se produce un conato de disputa entre dos gavieros por alcanzar la cofa Sin duda no es el jubón de seda lo que les induce a pelear por un puesto en el mástil sino el brillo incólume de los maravedís que les aguardan. Mientras tanto en popa el Almirante continúa señalando al repostero un punto en la oscuridad. Ahora estoy tan cerca que puedo oír la conversación: “¿No ves la fogata Gutiérrez?” “Fogata, lo que se dice fogata Vuecencia…” “¡Maldita sea! Llevo viendo esas luces desde las diez de la noche”. “Bueno, ahora que Vuecencia lo dice, algo veía pero yo pensaba que era una estrella baja” añade el repostero. “¡Qué coño de estrella! Esa luz proviene de los crisoles en donde se está fundiendo por lo menos la mitad del oro del Cipango. Gutiérrez fíjate bien y dime que la estás viendo. Dime que esa luz te está horadando la cuenca de los ojos. ¿Cómo que no la ves? ¡Carajo! Si son ríos de oro los que fluyen de ese atanor”.

Ahora podemos apreciar también la silueta de la Pinta a la que estamos tomando por estribor. Aunque lejos todavía, veo como un desorden de cabezas dispersas por la proa. Más que marineros desde aquí parecen bolardos incrustados en cubierta. Y es que también ellos han oído a los pájaros y han hallado báculos y somormujos que chapotean en el agua, pero ninguno ha podido descorrer esta fuliginosa cortina todavía. Tampoco Gutiérrez por mucho que lo intenta el Almirante. “¡Marrano del carajo! ¿Pero es que tú las únicas luces que ves son las de la menorá de las sinagogas. Fíjate bien. Allí donde apunta mi dedo Gutiérrez, fíjate bien y dime que aquellos son los fuegos de las fraguas o cuando volvamos te devuelvo a las mazmorras del penal de Sevilla de donde te saqué. Dime que aquellas nubes que sobresalen son los penachos de los hornos, dime que hasta aquí llegan los aromas de las Especias que están tostando. ¡Dime algo hijo de puta!”

¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!

¡Atención estudios! Algo acaba de ocurrir. ¡Tierra! gritan al unísono todos los hombres.

¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!

Y la voz llega desde la Pinta. Y esa voz que me es familiar vuelve a resonar en medio de la noche. ¡Tierra! grita entonces con claridad Rodrigo de Triana, que en realidad se llama Juan Rodríguez Bermejo y que fue primero vecino de Los Molinos y de Ayamonte después. El mismo Rodrigo de Triana que en confianza me confesó hace unos días que él si que era judío y no el pobre Gutiérrez que aún continúa agarrado al trinquete tratando de ver la imaginaria fogata. El mismo Rodrigo de Triana que tampoco le hiciera ascos en un tiempo a los mahometanos. ¡Tierra! vuelve a gritar el de Ayamonte mientras el Almirante continúa con el dedo señalando un punto lejano en donde ya se apagaron todos los fuegos. “¡Tierra, jodido Gutiérrez!” balbucea ahora sin bajar el brazo. Y comoquiera que todos miran al castillo de popa de la Santa María, el marino genovés ordena, ya recuperado, que amainen todas las velas, y que queden con el treo, que es la vela grande, y sin bonetas para ponerse a la corda. Y las órdenes del Almirante se cumplen sin demora.

Lejos parece haberse quedado la medianoche de éste doce de octubre de 1492. Lejos quedan los acontecimientos del día nueve cuando los amotinados querían tirar por la borda al ahora Almirante de las Mares Océanas. Lejos queda ahora el Monasterio de la Rábida, la Junta de Cosmógrafos de Castilla y León. Lejos los reyes de Portugal y el Piloto Desconocido que muele sus huesos en algún cementerio de las Azores. Lejos quedan los sabios florentinos con sus desmesuradas cartas y lejos quedan hoy las noches en vela sobre el adulterado Diario de a bordo.

Juan Zumbado deja franco paso al Almirante que baja por las escalinatas de popa y antes de entrar en la camareta me susurra al oído:

“No le niego que hubo engaño y encubrimiento, señor reportero. Pero como puede apreciar yo estaba en lo cierto. Acabo de redescubrir las Indias”.

“Estudios centrales. Devuelvo la conexión”.

Desde la Mar Océana.

ANTONIO POLO. Enviado especial.

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