HOMENAJE A LOS DIOSES DE PAPEL
No hubiéramos podido saber jamás que en tiempos existieron guerreros que demoraron su ataque en la panza de un caballo de madera, ni que los escuderos pudieran llegar a gobernar ínsulas. Sería difícil comprender que la divina fermosura de algunas mujeres pudiese llevar a un hombre a luchar contra el gigante Caraculiambro. Nunca hubiéramos podido saber que los ángeles de las ruinas ahuyentan sobre los mortales astros de cardenillo o que en algunas ciudades hubiese escudos que representan leones, estrellas o torres ni que tuvieran por signo precisamente un león, una estrella o una torre. No sabríamos nada tampoco de quienes al llegar al alto del Sobrepuerto hubieran tenido un tropiezo en la noche; nadie hubiera podido saber tampoco que el oráculo ordenó a Cadmo abandonar la búsqueda de Europa para que fuese tras los pasos de una vaca… Ninguno sabríamos nada del príncipe de Dinamarca, de los hielos que conoció una tarde el coronel Aureliano Buendía, de la muerte que en Venecia ronda balnearios y canales; de la peste, de la náusea, de la condición humana si no fuese por los libros, algunos de los cuales (estoy viéndolos) nunca abriré.