La casa cerrada (Recuerdo)

A Lautaro Chávez, que me abrió la casa una mañana en la Gran Vía de Madrid

Fue entonces Neruda, sí. No el poeta de las recepciones solemnes, sino el hombre que caminaba despacio por las habitaciones de su casa frente al mar, como si cada objeto recogido en sus estantes fuese una palabra todavía por escribir. Allí, en la penumbra olorosa a algas, descansaban caracolas inmensas que parecían guardar en su espiral los lamentos de Valparaíso; máscaras de madera que habían visto danzas extinguidas; botellas verdes que parecían contener la espuma de naufragios. No era capricho ni simple ornamento, era su manera de fijar la memoria.

Cada cosa que Neruda encontraba —una piedra volcánica, una brújula herrumbrosa, un mascarón de proa arrancado a la tormenta— quedaba convertida en testigo. Las alineaba como si fueran soldados en guardia contra el olvido, objetos que daban voz a quienes ya no podían hablar. Así, cuando alguien preguntaba por qué acumulaba tanto, él respondía con calma: “Para que nadie crea que lo que ocurrió se disuelve. El dolor también necesita su vitrina”. Sus casas eran museos de vida ajena. En Isla Negra, los anaqueles parecían temblar con la diáspora minera, con las risas rotas de quienes quedaron atrás en la marea del exilio. Y allí, entre un gramófono y un mapa arrugado convivían los senos de madera tallada, las conchas que aún guardaban rumor de océano, las botellas donde algún día alguien escondió un mensaje de auxilio.

Él sabía que no bastaba el verso para sostener la memoria, hacía falta la materia, el objeto palpado, el peso en la mano. Así, un simple ovillo disputado por gatos le recordaba que la ternura también resiste; una navaja de barbero sobre el calendario hablaba del filo de los años que pasan sin regreso; una estrella de madera clavada en el jardín iluminaba la certeza de que aún se podía esperar. La casa cerrada, azotada por tormentas y voces, se volvía entonces un lugar abierto para todos. Quien entraba sentía que caminaba por la historia de un continente: las caracolas eran gritos ahogados, los caballitos de mar eran niños que no volvieron, las persianas vencidas al sol eran el testimonio de las ventanas clausuradas por el miedo.

Y en medio de todo, Neruda, con su mano inmensa acariciando un objeto cualquiera —una piedra, una copa, una caracola— como si al nombrarla pudiera salvar a quienes habían sido arrojados al silencio.

Entonces comprendimos que aquella extravagante reunión de cosas era la memoria rescatada del naufragio.

Lautaro Chávez cruzó el Atlántico trayendo como dádiva bajo el brazo un hermoso ejemplar encuadernado en pasta dura y cuyo contenido se abría también otro océano, el Pacífico, y me invitó a entrar en aquella casa del poeta en Isla Negra. Madrid 2007

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