El título de esta sección no es casual: “Abriendo la muralla”. Ferrol, nuestra ciudad, es puerto refugio, es fortaleza marítima. Lo fue y lo sigue siendo. Pero, a pie de calle, muchas veces el mar apenas se adivina. Una muralla lo esconde, lo oculta. Sin embargo, desde hace tiempo, un clamor recorre plazas y barrios: abrir Ferrol al mar. Abrir, no derribar. No borrar, sino sumar. Como quien abre un álbum antiguo de fotografías y deja que entre la luz por las ventanas. Y es eso lo que queremos hacer aquí: abrir, contar, compartir.
Este espacio es, además, un homenaje. Un homenaje a quienes resistieron los duros años de la depresión de la ciudad, también a quienes hoy hacen posible un renacimiento, un milagro de recuperación y esperanza.
Ese es el espíritu de “Abriendo la muralla”: un espacio para contar y escuchar, para mirar al mar y también hacia dentro. Porque cada relato será como abrir una puerta más en esta muralla, dejando que entren el aire y la luz,
Les invito a acompañarme en esta travesía. Abrir, recordar y compartir. Esto es “Abriendo la muralla”.
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Post-its amarillos sobre fondo azul
17 de octubre de 2025
Ferrol amanece con un rumor de dique y gaviotas. El viento se enreda en las grúas del astillero, y el olor a metal soldado se mezcla con la sal y la humedad del puerto. En una calle estrecha, una ventana encendida a deshora revela la rutina de una pareja que apenas coincide ya en el mismo reloj.
Ella se llama Iria Castro, enfermera en la UCI del Hospital Arquitecto Marcide. Desde hace tres años trabaja entre respiradores y monitores que dibujan líneas verdes y rojas como si fueran un lenguaje secreto del alma. Las guardias se suceden sin tregua, y aunque su juventud la sostiene, las muertes —sobre todo las de los niños— siguen hiriéndole con una precisión quirúrgica. A veces, al terminar una noche difícil, se sienta unos minutos en el pasillo vacío y piensa en los padres que aún no saben que el mundo acaba de romperse. Luego respira, se lava las manos y sale a la lluvia.
Él, Daniel Souto, acaba de volver de Perth, en Australia, donde trabajó soldando para Navantia. Ha recorrido medio mundo siguiendo el fuego de su oficio, el brillo blanco que une dos planchas de acero y deja un trazo luminoso, como una cicatriz caliente. En Ferrol ha conseguido un contrato estable, aunque en un taller distinto. Se levanta antes del alba, cuando Iria todavía está en el hospital, y regresa al anochecer, cuando ella vuelve a marcharse.
Entre ellos hay un frigorífico. En su superficie blanca habitan decenas de pegatinas amarillas, escritas con la letra rápida de los turnos y el cansancio:
“¿Quedan naranjas?”
“Te dejé el pan sobre la mesa.”
“Hoy vi un niño que se curó.”
“Soldé un casco nuevo, pensé en ti.”
Esa correspondencia mínima se había convertido en su único diálogo, un idioma que solo ellos comprendían. Si al principio los post-its eran promesas —“Nos vemos al amanecer”, “El futuro huele a ti”— con el tiempo se volvieron recordatorios breves, casi impersonales. A veces Iria relee los más antiguos y los guarda doblados en un cajón, como quien conserva las hojas secas de un verano que ya se fue.
Una noche de lluvia, Iria llegó del hospital con la mirada vacía. Había perdido a un niño de seis años con leucemia. Antes de acostarse escribió:
“Hoy necesito que me abraces”
Pegó la nota en la nevera, justo encima del imán del faro de Cabo Prior. El papel, húmedo por el vapor de la tetera, se curvó en una esquina.
Esa madrugada, una ráfaga de viento se coló por la rendija del balcón. El post-it se desprendió y cayó al suelo. Cuando Daniel regresó, no lo vio. Preparó café y dejó su propio mensaje —“Mañana te llevo a comer percebes, si no llueve”— y salió hacia el taller.
Ferrol amaneció gris. El papel, aplastado bajo la pata de una silla, quedó perdido en la cocina. Cuando Iria lo encontró al volver, algo se detuvo. Lo levantó con cuidado, lo alisó entre los dedos y lo pegó otra vez. Después limpió la encimera, encendió la radio y esperó.
Esa tarde, Daniel entró empapado. Iria lo esperaba en la mesa con dos tazas de café humeando.
—He pensado —dijo sin mirarlo— que podríamos dejar de hablarnos por la nevera.
Él sonrió, confundido, y esperó.
—Iremos al faro. Allí no hacen falta palabras.
Salieron sin paraguas. El viento del puerto los empujaba y la bruma los envolvía. En el acantilado, el faro giraba lento y proyectaba destellos sobre la espuma. Daniel sacó del bolsillo un taco de post-its.
—Por si acaso.
Iria rió. Escribió algo breve y lo pegó sobre una roca húmeda:
“Estamos aquí. Y eso basta.”
Los demás los soltaron al viento y volaron sobre el mar como pequeñas luces amarillas sobre fondo azul.
A la mañana siguiente, la nevera amaneció vacía por primera vez en mucho tiempo. Solo quedaba una frase, escrita con dos letras distintas:
“Ya nos leemos con los ojos.”
Ahora Ferrol olía a lluvia limpia y a comienzo. El rumor del puerto seguía siendo el mismo, pero, de alguna manera, algo había cambiado.
Emitido en Radio «50 y Pico» de CUAC FM. 17 de octubre 2025
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UN DOMINGO EN VALDOVIÑO
15 de junio de 2025
Fue entonces el sol, como una campana tibia resonando sobre los tejados de Loira, el que acarició su espalda cuando ella, con esa mirada que siempre ha sabido leer los silencios, le dijo: “No me gusta ese lunar”. No era el mar, ni el paseo entre pinos, ni el zumbido de las cometas. Era ese minúsculo signo en la piel —oscuro, irregular— lo que detenía ahora el domingo soleado, como si el tiempo hubiese trastabillado en medio de un campo de dunas. Ella supo antes que nadie. Lo supo porque el miedo tiene memoria, y su cuerpo ya había pronunciado aquel nombre que aún le cuesta recordar: melanoma.
La doctora no tardó en confirmarlo. Fue breve, profesional, casi impersonal. “Extirpación inmediata. Biopsia. Seguimiento.” Palabras cortas que abren puertas largas al vértigo. Pero ya en casa, mientras la lluvia de la noche golpeaba los cristales, ella le preparó un té y dijo, sin dramatismo, solo con esa templanza que da haber cruzado el infierno y haber vuelto:
—Ahora toca vivir como si ya estuviéramos en el futuro.
Y eso hicieron. Desde aquel domingo, cada mañana les pertenece. Se despiertan con la luz sobre el estuco de la habitación alquilada, en ese rincón del mundo que escogieron como refugio tras dejar la ciudad donde nacieron sus hijos, donde construyeron sus vidas en paralelo con la Historia, con las fábricas que se cerraban, los tranvías que se oxidaban, y los cafés de media tarde. Ferrol quedaba atrás como queda un sueño: persistente, neblinoso. Lo recuerda en la humedad de las aceras, en el aliento de las farolas antiguas, en los rostros de vecinos que ya no están. Ella, antes de dormirse, aún repite nombres de tiendas y esquinas, y él imagina los pasos jóvenes de sus hijos cruzando la plaza del mercado, con aquellas mochilas que pesaban menos que sus esperanzas.
Y entonces, como quien estrena un idioma, comenzaron a nombrar lo invisible: las formas de la luz en la cortina por la mañana, el rumor del viento entre las hojas altas del bosque, la lentitud con que una taza se enfría en las manos que no tienen prisa. Cada pequeño gesto se volvió un rito secreto. Celebraban los días sin fiebre como otros celebran aniversarios, y el simple hecho de caminar hasta el faro sin detenerse parecía una victoria sagrada. Ella empezó a escribir listas de cosas que aún deseaba: aprender a hacer pan, plantar camelias, mirar una aurora boreal. Él leía en voz alta en las tardes grises, con la gravedad de quien sabe que las palabras también pueden sanar. No vivían como si fueran pronto a rendir cuentas, sino como si cada día hubiera sido ganado en una guerra silenciosa.
Ahora, en Valdoviño, la brisa huele distinto, como más viva. Las gaviotas no traen noticias, pero sí promesas. Y a veces, al caer la tarde, se sientan bajo los eucaliptos y recuerdan.
—El presente —dice él— es solo un eco.
Y ella, con los ojos fijos en el horizonte, responde:
—Entonces hagamos que resuene como una canción, porque si la vida se mide en instantes, este —aquí, contigo— ya es eterno.
A Cobeluda. Neda.
Publicado el 12 de junio de 2025 en La Voz de Galicia. Se publica en la sección «Relatos de verano».
Emitido en Radio «50 y Pico» de CUAC FM
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EL ASCENSOR
17 de diciembre de 2025
Lo importante era que no se aplazara nuevamente la reunión. El Presidente de la Comunidad había anunciado en el tablón del portal la convocatoria de una Junta de Vecinos. El orden del día era: avería del ascensor.
Juan se despertó muy pronto aquella mañana. La aventura de su vida consistía en oír la radio y apostar por las cosas más triviales: acertar la hora de llegada del camión de la basura, los coches que se saltarían un semáforo en rojo, o el número de chicas rubias que podrían cruzar la calle en el próximo minuto. Cuatro años antes había tenido otro minuto, uno que llegó a deshora en un stop, ese minuto aciago de aquellos que quieren adelantar a la vida en la carretera de La Coruña. Desde entonces, Juan contempla la vida desde una silla de ruedas.
Aquella mañana recordó la última vez que estuvo en el parque. Recordó también que Mirian solía venir todas las tardes al principio. Tomaban un café y luego bajaban al patio, él en su silla de ruedas y ella dirigiéndole para evitar los obstáculos. La silla ocupaba completamente el ascensor. Juan bajaba solo y ella corría seis pisos para franquearle la salida. Algunas veces, la aventura era pasar por el séptimo con parada en el quinto y vuelta al cuarto debido a las frecuentes llamadas de los vecinos. Pero un día el ascensor se atascó en el segundo. Después de estar tres horas encerrado, tuvo que ser rescatado por los bomberos.
La reunión no se aplazó sino que comenzó puntualmente a las diez. Nada más comenzar ya se oyeron los primeros insultos, luego vinieron los gritos y media hora más tarde apareció la Policía. Juan esperó a que su madre subiera de la reunión mientras comprobaba, que al cabo de aquel mismo minuto, terminaban de cruzar la calle tres mujeres rubias como había previsto.
Después cerró los ojos un momento y pensó que su vida cabía entera en una cabina de un metro cuadrado. Que todo lo que amaba—el parque, Mirian, el aire limpio de la calle—quedaba atrapado entre los botones oxidados y las puertas que nunca abrían a tiempo. Ese mismo día decidió no volver a apostar por nada. Ni por el camión, ni por el semáforo, ni por las rubias. Simplemente esperó. Tampoco tuvo que preguntarle si alguna vez la Comunidad decidiría arreglar aquel maldito ascensor. Lo que no se atrevió a preguntar fue, si esta vez también, hubo división de opiniones entre los que deseaban arreglar el ascensor y los que querían poner una derrama para construir una barbacoa en el patio.
Emitido en Radio «50 y Pico» de CUAC FM. 17 de diciembre 2025
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DOCE EUROS Y UN OCÉANO
02 de noviembre 2025
Otra vez solo. Aquel 12 de abril estaba solo y equivocado. Contemplaba el mar tras los cristales pero tropezaba con mi sombra proyectándose sobre el mantel. Llevaba un rato como perdido, era ese tipo de situación en el que puedes hacer una cosa o la contraria, quién sabe. Aunque, en verdad, mi indecisión fue no haberme dejado tentar por la fuente de mejillones al vapor que me saludó, luminosa y humeante, nada más cruzar la puerta de aquel restaurante de Ferrol. De ellos empezaban a dar buena cuenta una dotación entera de marineros argentinos, que con ojos aún salados de horizontes y vientos australes, comían como quienes sobreviven al diluvio interminable de los días.
En aquel templo de salsas y mareas no había que demorarse ante las ollas enhiestas que como centinelas custodiaban la entrada, sino correr presto a la primera planta y atrincherarse en las mesas que hay cerca del ventanal, mirar el puerto y contemplar el óleo de la vida misma. Una vez aposentado solo había que dejarse arrullar por el oleaje de voces, por la danza aleatoria de los camareros, por el chillido heráldico de las gaviotas que reclamaban su parte del festín del mundo.
—¡Seis meses de mar, es mucha mar! —dijo uno de los jóvenes, con la voz gastada de tanta guardia.
Al oírlo pensé que tras seis meses de océano y soledad, todo debe saber ya a herrumbre y a salmuera. El alma se vuelve branquia, y el estómagotan pesado como un áncora. Tras tanto café recalentado, tras tantas noches de vigilias, lo que uno persigue no es solo el sabor de algo distinto, es el suelo, es el fuego, es la carne. Y como si el pensamiento hubiese tenido aroma y presunción, dos camareros surgieron de las cocinas trayendo sendas bandejas de churrasco de ternera descomunales acompañados de una guarnición de patatas efímeras y redondas.
—¡Ternera! ¡Ternera y mejillones! —ordené con firmeza.
—De eso ya no queda, amigo. Si quiere le traigo rodaballo… o cachelos con sardiñas.
—Venga.
—¿Venga qué? ¿Cachelos o rodaballo? Una cosa u otra. Elija.
—Pues… venga…
—Mire, mejor le pregunto al parroquiano de al lado y se queda con lo que sobre. Usted decide.
Y así, por una decisión tan leve como definitiva, probé los mejores cachelos con sardiñas de mi vida. De los que callan conversaciones y funden los ojos en blanco. Un plato sencillo que parecía escrito por el mismísimo Cunqueiro. Un bocado que era como toda la Galicia en mi boca. Ya no importaba la carne ni el pimentón: allí estaban el Atlántico y la infancia jugando a ser dioses.
—¡Seis meses de mar…! —volvió a decir el joven marinero.
—Mucha mar… —corroboró el más viejo sin dejar de hendir el pan en la salsa.
Fue entonces, sin aviso ni protocolo, cuando apareció en la mesa una armada de cigalas y unos acantilados de percebes que arrancaban exclamaciones casi religiosas. Pero justo en ese momento el joven, que masticaba el mundo, dejó a un lado el cubierto y atendió una llamada. Su rostro cambió como lo hace el cielo cuando abre el puerto una fragata.
—¡Ha sido niña! ¡He tenido una hija, amigos! —gritó con la voz temblando como una vela.
—¡El agua se acaba siempre, viste! —sentenció otro, chupando con cariño un percebe como si fuera un amuleto.
—Sí, sí. Pero ahí os dejo el mar porque yo me vuelvo mañana a Buenos Aires.
Y se quedó mirando el plato como quien dice adiós a una vida entera.
A mis espaldas, el mar rugía mientras me iba alejando. Era inmenso y grave como el silencio de una iglesia vacía. Y en el interior, bajo una égida de conjuros y de orujos, los argentinos celebraban como ángeles ebrios aquel nacimiento. Y yo, solo, como de costumbre, supe que no se podía pedir más por doce euros.
Emitido en Radio «50 y Pico» de CUAC FM. 2 noviembre 2025
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DOMUS FERROL
28 de agosto de 2023
Fue entonces la casa, el viejo artesonado de yeso, el crujir lastimoso de las vigas riostras y los rancios tules del entelado. Fue la morada que nos mostró su decrepitud como la casa orgánica que Manuel Mujica Laínez viera morir un día del verano austral: «¡Pobre techo italiano, pobre cortejo de la balaustrada!». Fue la vieja casa de Ferrol que se abría al puerto navegando entre los callejones estrechos, la casa que levantó sobre la memoria de sus antiguos inquilinos un nuevo urbanismo de recientes alamedas, de flamantes bulevares y callejuelas cuyo empedrado dejaba de ser un espejo de aguas por donde transitaron entonces afiladores y alegres marineros de permiso.
Es la casa la que convoca ahora sus aldabas sobre el cardenillo de los bronces, un llamado tenaz y decidido, como quien toma una fotografía y enmarca el motivo central con cuatro trazos rojos. Y son nuevos los sonidos de la calle los que rebotan en el mirador, apalabran con las celosías un nuevo amanecer de rocíos y humedades, los que remedan, ante el sol y las sirenas de los remolcadores atracados en el puerto de Curuxeiras, una nueva cartografía de la memoria. Es la ciudad reciente floreciendo sobre los restos de la ciudad pretérita. La senectud sobrellevada y soberbia que se impone sobre todo lo que la rodea mientras alardea de aleros, y presume de cornisas y matacanes. La vieja casa como monumento a la resiliencia, como oda a la conmemoración de que venimos de algún lugar que entonces fue grande o chiquito según el albur de los sueños de sus inquilinos o admiradores.
Ahí está, imponente, retando a las piquetas y a los bandos de la edad y las gaviotas. La vieja casa de Ferrol en la que alguna vez vivimos todos juntos.
Publicado el 28 de agosto de 2023 en La Voz de Galicia. Se publica en la sección «Relatos de verano».
Emitido en Radio «50 y Pico» de CUAC FM
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Cuento de Navidad para niños y niñas a las que no les gusta la sopa, padres asfixiados a los que no les da la vida y abuelos que han asumido que traficar con medicamentos y maleducar a sus nietos es un derecho adquirido.
24 de diciembre de 2025
En la casa de los García la Navidad siempre empezaba igual: con una sopa humeante que nadie quería y con un padre mirando el reloj como si fuera un oráculo cruel que le recordaba todo lo que no había hecho. La madre, mientras tanto, intentaba mantener la dignidad familiar removiendo el caldo con gesto solemne, como si aquella sopa fuese un ritual ancestral y no un líquido sospechoso con fideos blandos.
—La sopa hay que comerla —decía ella—. Que es Navidad.
—Precisamente por eso no —respondían los niños, que habían desarrollado una alergia selectiva a cualquier alimento que no viniera envuelto en papel brillante.
Los padres estaban agotados. No cansados: agotados. Ese cansancio moderno que no se quita durmiendo porque viene con correos pendientes, grupos de WhatsApp silenciados y la sensación de que la vida es una cinta transportadora que no se detiene ni en Nochebuena. El padre soñaba con un milagro navideño sencillo: sentarse cinco minutos sin que nadie le pidiera nada.
Pero entonces entraban los abuelos.
Los abuelos García llegaban siempre cargados de bolsas misteriosas y con una alegría peligrosa. En una traían regalos ruidosos, de esos que no se pueden apagar y que incluyen pilas imposibles de quitar. En otra, medicamentos. Muchos medicamentos.
—Esto es para la tos —decía el abuelo, sacando un jarabe—. Esto para dormir mejor. Esto no sé para qué es, pero me sobró.
—¿Eso no necesita receta? —preguntaba el padre, débilmente.
—Antes sí —respondía el abuelo—. Ahora es tradición.
Los niños, que habían rechazado la sopa con una coherencia admirable, aceptaban sin problema caramelos, chocolatinas y unas pastillas de sabor dudoso “para cuando te duela algo”. Los abuelos consideraban que maleducar a los nietos era una forma superior de amor, una revancha histórica contra los años en que no dejaron comer chucherías a nadie.
—Que se acuesten tarde, que mañana es fiesta —sentenciaba la abuela, repartiendo galletas como si fueran bendiciones.
La madre respiraba hondo. El padre ya no respiraba: hacía pausas estratégicas para no gritar. Y sin embargo, algo ocurrió esa noche. No fue un milagro espectacular, ni apareció ningún ángel. Fue más bien una tregua. Los niños probaron una cucharada de sopa “solo para ver”, los padres se sentaron un rato sin móviles, y los abuelos contaron historias de cuando la Navidad no tenía horarios ni normas claras.
La sopa seguía sin gustarles a los niños. Los padres seguían cansados. Los abuelos siguieron regalando cosas inútiles. Pero durante un momento breve, casi invisible, todos se rieron de lo mismo. Y eso, pensaron, debía de ser la Navidad: una sopa que no gusta, una vida que no da la vida, y una familia que, aun así, se sienta junta a la mesa y aguanta. Con humor. Y con postre.
Emitido en Radio «50 y Pico» de CUAC FM. 24 de diciembre de2025