La revuelta de las pedradas

A Revolta das Pedradas

Crónica de una insurrección. Las piedras que despertaron a Galicia
Marzo de 1918 – Desde Ferrolterra


JOSÉ DE ALDAO.  (Enviado Especial de El Noroeste)

Tarde del 10 de marzo de 1918. ¿Estudios centrales? ¿Me recibís? Parece que hay alguna interferencia. Hay un zumbido extraño, como si el aire estuviera cargado por el miedo. Desde esta mañana vengo siguiendo los pasos de un grupo de mujeres que avanza por la calle Real como si, de pronto, la ciudad entera estuviera construida sobre un barril de pólvora. Repito: estoy en Ferrol, el epicentro de lo que ya todos llaman a Revolta das Pedradas.

La multitud crece. Veo cestas vacías alzadas como estandartes. Veo pañuelos negros. Veo colas interminables frente a las tahonas. Y en medio de todo… ahí está ella, avanzando con una determinación fría, casi ominosa: María da Cancela, la mujer que ha prendido la chispa.

“¡No hay pan! ¡Non hay justicia!”, gritan las mujeres, empuñando piedras, convertidas ya en el único argumento que les queda. Y no es metáfora. Desde el amanecer, el precio de la harina ha vuelto a subir y en las aldeas ya hay quien se acuesta sin nada caliente en el estómago.

María da Cancela viene de la parroquia de Serantes. María es madre de cuatro hijos y viuda de un calafate que murió en el Arsenal. Aunque no lo aparenta, es ella quien marca el ritmo de la protesta. “Hoy alguien nos va a escuchar”, ha dicho hace apenas un instante. Su voz retumba más fuerte que las campanas de San Julián.

11 de marzo – El estallido

Estudios centrales, de nuevo retomo la conexión desde las inmediaciones de la plaza de Armas.  Aquí la situación se ha vuelto crítica en cuestión de minutos. La comisaría está protegida por un cordón de guardias civiles. Frente a ellos, cientos de mujeres. Repito: mujeres. Apenas unos cuantos hombres se han sumado… y aun así, lo que observo es una verdadera batalla. María da Cancela se adelanta entre la multitud.

No vamos a renunciar, brama una mujer a su lado.

Otra me explica entre sollozos que su hijo lleva dos días alimentándose de caldo de nabiza, mientras otra sacude la cabeza y grita: “O pan en Ferrol xa é un luxo de ricos”.

Los guardias avanzan . Se oyen los primeros culatazos. Se oyen también las primeras pedradas. Una lluvia de cantos grises vuela como si la propia tierra gallega se hubiera levantado del suelo para defenderlas.

La primera sangre mancha la calle. Un joven cae herido. Y otra mujer lo socorre mientras grita:

Non nos van calar!

Es difícil explicar lo que se siente aquí: es como si en vez de mujeres fueran mareas entrando sin pausa en la ría.

12 de marzo – Estado de sitio en Ferrolterra

Confirmo: el Ejército ha tomado la ciudad . El gobernador militar ha ordenado patrullas continuas, arrestos y dispersión inmediata de cualquier grupo numeroso. Sin embargo, en las calles de Esteiro, Canido y Recimil escucho un murmullo que no se extingue: Saldremos de nuevo por la tarde»

María da Cancela ha desaparecido desde el amanecer, pero la oigo nombrar en cada esquina. “Se llevaron a María”, dicen algunos. Otros aseguran que se refugió en casa de una prima, en Xuvia. Pregunto; nadie quiere hablar demasiado, el miedo es ya tan espeso como el humo de los talleres del Arsenal.

Aun así, las mujeres vuelven a reunirse por la tarde. Yo las sigo desde la cuesta de Canido: caminan en silencio, como si hubiesen ensayado una liturgia de ira contenida. Al llegar frente a un depósito de grano, todo estalla otra vez. Pedradas. Cánticos. Gritos. Una de las ventanas cede.

Y entre el tumulto, la vuelvo a ver: María da Cancela, despeinada, con la cara tiznada de polvo, avanzando como un faro en mitad de la borrasca. Gracias a ella, muchas otras pierden el miedo. Y esa es su mayor arma.

13 de marzo – Disparos en la calle Alegre

Atención estudios.  Lo que temíamos ha ocurrido. Hay muertos. Todavía no puedo confirmar el número exacto, pero desde el lugar de los hechos, en la calle Alegre, puedo asegurar que por lo menos dos personas han caído tras un disparo de los guardias civiles. Una anciana llora sobre el cuerpo de un muchacho. Un panadero grita que no tenía armas, que sólo estaba mirando.

María da Cancela estaba allí. Lo sé porque pude verla correr hacia las barricadas improvisadas tras los carros volcados. Dos guardias la persiguieron.  Uno llegó a agarrarla del brazo, pero una pedrada —lanzada desde quién sabe dónde— obligó al guardia a soltarla. La ciudad entera parece un campo de batalla. Cruzan caballerías. Los comercios han cerrado. Las iglesias tocan a muerto. Y sin embargo, las mujeres se niegan a retroceder.

Una de ellas proclama:
No es por la harina, es por la vida. Es por la dignidad

Es imposible no estremecerse.

14 de marzo – La noche de las cenizas

Última conexión. Estoy en las afueras de Ferrol, en la carretera que lleva a Neda. La revuelta está prácticamente sofocada. Hay camiones militares en los puentes, guardias en cada cruce, silencio en las aldeas. Pero antes de retirarme, he encontrado lo que buscaba. María da Cancela. Se esconde en un pajar de una casa próxima a la ribera. La mujer que ayer dirigía a cientos, hoy apenas puede levantar la voz. La encuentro sentada sobre un fardo de hierba, con las manos hinchadas y la mirada fija en algún punto que sólo ella conoce.

Le pregunto si valió la pena. Ella sonríe. Una sonrisa rota, pero firme.

No es cuestión de valer o no valer. Hicimos lo que teníamos que hacer. Una piedra no derriba un imperio… pero hace ruido. Y nosotras ya hemos hecho mucho ruido.

Le pregunto por las muertes. Las suyas, las de todos. Baja la cabeza.

La sangre siempre es de los pobres.

Antes de marcharme, me pide una última cosa: ¡Cuente esto, señor reportero! ¡Diga que las mujeres de Ferrolterra se alzaron no por ambición, sino por hambre. Y por dignidad!

Salgo. La noche cae sobre la ría con la gravedad de una lápida. Mañana, sin duda, los periódicos oficiales rebajarán estos hechos a un “disturbio”. Pero lo que he visto aquí no es un disturbio: es un rugido. Y ese rugido lo ha lanzado una mujer con una piedra en la mano y el corazón en llamas.

“Estudios centrales, devuelvo la conexión.”

ANTONIO POLO. Enviado especial.


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