Cartas marruecas

La patria del inmigrante está,
donde está la certeza de sus sentimientos”

ANTONIO SKÁRMETA

— Carta I —

Me recriminas porque nunca te llevé a tomar baraka, por eso crees que nos persigue la derrota. Me recriminas porque nuestros hijos jamás han llegado a conocer el zoco de Tánger, que las cabras y el erial que hay junto a nuestra casa son su escaso mundo. Me recriminas siempre porque sueño y ya no creo en las palabras del sarif. Pero yo siempre supe que el futuro nos estaba aguardando al otro lado del mar.

Si no te dije que me iba fue por no ponerte aún más triste. Hace unos días vendí las cabras y le dije a tu padre que os cuidara hasta mi vuelta. Tu madre quedó llorando en un rincón y tus hermanos me acompañaron a la playa por la noche. Omar me dijo que en España la vida es muy diferente, Abu, que aquí no hay esperanza, y Alí me dio las señas de un albergue cerca de Madrid. Omar, que ya sabes que es rico porque estuvo mucho tiempo en Francia, me dijo que yo sí que era un hombre y que Alá jamás me abandonaría…

Ahora que ya han pasado algunos días, sé que ellos tenían razón. Lo más duro fue, sin embargo, el viaje. El mar, al amanecer, embraveció de pronto y tuvimos que alcanzar la costa a nado. Algunos no llegaron, por eso me he hecho cargo de Nadir, la hija del pastor. Viajamos de noche en un camión de fruta y por la mañana llegamos a un albergue de las afueras, dicen que antes había sido una famosa discoteca. He visto algunas caras conocidas. Cuentan que hemos tenido suerte, que ya no hay que esperar tanto. Mañana sin ir más lejos, algunas mujeres irán a trabajar a casas que son como palacios. Otros, en cambio, fuman en silencio, y pronto se irán a otro país del norte, acaso uno al que llaman Lérida.

He querido esperar algún tiempo para escribirte y decirte que el futuro estaba aquí, como en mis sueños, y que os espero pronto a todos. Tú ya no tendrás que cruzar el Estrecho en una patera como yo. Vendrás en el ferry como una señora y yo te recibiré ansioso en el puerto de Algeciras. Eso será dentro de unos días, cuando salga del hospital. No sé si te lo había dicho antes, pero me han extirpado el bazo. Fue la semana pasada cuando unos chicos que llevaban las cabezas rapadas me golpearon por salir en defensa de Nadir. Ya sabes cómo son las cosas de hombres.

No quiero tampoco que te inquietes. Los médicos dicen que me pondré bien muy pronto, y hasta del Ayuntamiento se han interesado por mí. Pero ya me conoces, nunca me gustó pedir favores, por eso he decidido sustituir a un amigo polaco que se ha vuelto a su país.

Ahora esposa, ya puedo decirte que mi sueño se ha hecho por fin realidad. El lunes empiezo a repartir bombonas de butano.

— Carta II

Anoche cayó un fuerte aguacero. El agua se filtraba por todas partes y me he despertado temblando en medio de un lodazal. La discoteca que nos sirve temporalmente de refugio no es precisamente la idea que yo tengo de un hogar, pero ahora, al principio, las cosas no suelen ser fáciles.

Nadir se ha levantado llorando en medio de la noche. Le he tocado la frente y estaba ardiendo de fiebre. Me dijo entre sollozos que tenía miedo y que había soñado que el cielo se volvía negro y que el mar enloquecido se tragaba a su padre. Deliraba, sin duda.

— Carta III —

A la lluvia de los días pasados le ha seguido la nevada más copiosa del invierno. Uno tiene la impresión de que la naturaleza ha decidido restringir el arco iris, y todo se ve en blanco y negro, como en el viejo televisor de Ibrahim, el peluquero. Sin embargo, el color que inunda el albergue es completamente gris, un gris ceniciento, como ese gris luctuoso que resulta de una mezcla desigual de cenizas, barros y renuncias. Si hay algo más triste que el hambre, ese es el color de éste albergue en el que se ha instalado la derrota.

Mientras te escribo esta carta, he recordado que es la primera vez que he visto la nieve, y es tan distinta a la de mis sueños. Aquellas nieves de la infancia tenían permanentemente pegadas un caluroso aroma a sándalo y a pipa de agua, y eran nieves borrosas y lejanas como las que se intuían en unas montañas lejanas, que estaban detrás de otras montañas también altas y borrosas. Pero las nieves en este país son distintas. No huelen y están frías.

— Carta IV —

Hoy estoy triste. Esta mañana he entrado en una zapatería para comprar un par de zapatos nuevos y el dependiente me ha dicho que no tenían zapatos para mí. El caso es que ni siquiera me dio tiempo para decirle qué número calzaba. Tal vez fuera porque aquel hombre pensaba que iba a robarle o tal vez es que la industria del calzado en España es tan escueta y restringida. No sé, lo cierto es que llevo todo el día abatido y tengo los pies húmedos.

Tampoco me reconfortó haber podido viajar hoy en Metro, que es tan faraónico y lujoso como la mezquita de Rabat. Me sentí bien hasta que entró en el vagón otro inmigrante. Él no me vio. Estaba de pie, serio y bruñido como una esfinge de bronce. Durante largo tiempo estuvo contemplándose en el reflejo de los cristales y no movió un solo músculo. Quienes entraban y salían lo sorteaban con una esquiva maniobra. Qué hace con esa alfombra, quieto en medio del vagón —me preguntaba. Su rostro delataba que llevaba varios días tratando de deshacerse de la magnífica carga con la que debe recorrer toda la ciudad. Al fijarme más en él llegué a averiguar que la sobrecogedora quietud con la que viajaba era el fruto de una estrategia preconcebida, que estaba tratando de definir el límite ante el improbable regateo. Sin duda, un día venderá alguna magnífica alfombra, y probablemente lo hará entre dos desconocidas estaciones, o tal vez ya lo hubiera logrado y aquel específico gesto de su rostro fuese el testimonio de su éxito. Sin embargo, aquel hombre serio y bruñido como una esfinge llevará siempre sobre sus hombros una enorme y pesada alfombra persa.

— Carta V —

Los guardias y los camareros son permanentemente una pesadilla. Madrid está lleno de obras con vigilantes; las cafeterías de lujo tienen porteros que parecen jugadores de rugby, y los baños públicos desaparecieron al parecer después de la guerra. Ayer mientras paseaba, sentí una ineludible necesidad e intenté sortear a uno de esos cancerberos que servía copas en una lujosa cafetería del centro de la ciudad. Casi estuve a punto de conseguirlo. Incluso logré abrir la puerta de los servicios cuando de pronto sentí que alguien me agarraba de la solapa de la cazadora. Es inevitable, todos los marroquíes llevamos una cazadora de cuero negra, eso nos delata sin remisión, sin embargo, creo que fue el detalle de los zapatos. Llevar una cazadora de cuero y unos zapatos de rejilla veraniegos en diciembre constituye un síntoma inequívoco de fracaso.

—¿Adónde vas Mohamed? —gritó el camarero.

Otro colega se sumó al atropello y entre ambos me acorralaron cerca de donde merendaban picatostes con chocolate un grupo de señoras que llevaban abrigos de piel. Primero cayó una silla, después una bandeja perdió el equilibrio y al instante se hizo un silencio eterno que en realidad no duró más que un segundo. Solo cuando descubrieron que ya me había orinado en los pantalones, solo entonces cesaron los golpes.

— Carta VI —

Hoy tengo que contarte otra historia tremenda. Un niño que iba para piedra nocturna se murió ayer en su cuna. La madre estuvo atizando el fuego durante la noche para mantenerlo caliente pero solo consiguió asfixiarlo. Cuando llegó el juez, la policía tuvo que arrancarla prácticamente de la hoguera mientras las llamas prendían en la marquesina del albergue. Ella gritaba enloquecida pidiendo que la dejaran seguir avivando el fuego. Al juez le dijo que se abrigara y que ordenase a todos calentarse porque en caso contrario morirían de frío como le había ocurrido a su hijito.

No me deshago de la tristeza que me embargan estos días. Ahora menos. Tras esta tragedia la normalidad se me aparece como una quimera. Sin embargo, no guardo ningún rencor al fuego, es más mientras nos desalojaban su crepitar me trajo a la memoria aquellos atardeceres a la puerta de nuestra casa. Entonces tú cocinabas tortas de maíz mientras la luz jugaba con tu pelo, y los niños entretenían la hoguera con sus risas y las hojas secas de un enebro. Tal vez mañana acudan a mí de nuevo todos aquellos recuerdos sin que la mirada perdida de un niño cianótico me atropelle al amanecer.

— Carta VII —

Hoy te escribo desde el fondo un pozo. Estoy cansado y tengo frío. La policía vino ayer a precintar el albergue y hemos tenido que buscar otro sitio para dormir. Saíd, el argelino que se nos unió cerca de Algeciras, estuvo recorriendo toda la ciudad hasta dar con un lugar a las afueras. En este nuevo refugio las noches son tan prescindibles como en un túnel, y es que su constructor, algún invidente —sin duda— consiguió enyesar las sombras de una tarde de noviembre. Ahora la oscuridad lo ocupa todo. El último inquilino nos dijo que hizo reformas para conquistarle a la luz algunos rayos perezosos e instaló un ventanuco redondo en la pared. A pesar de ello, la luz espera plácidamente en el exterior, a un palmo más o menos de la ventana, en realidad a un palmo más o menos de la caja de galletas con la que está construida.

Esta oscuridad contrasta con la plenitud de la luz que invadía las jaimas de las caravanas cuando acampaban al acercarse el verano. Sin embargo, mis días no conocen el ocio y apenas paso por el poblado. Eduardo —mi jefe— me recoge a las siete de la mañana con el camión y juntos pasamos por el almacén para iniciar el reparto. Es una actividad agotadora. Las bombonas dibujan un mapa curioso en la ciudad. Si algún día estallaran todas las bombonas, barrios enteros desaparecerían, mientras otros, los situados siempre al norte, quedarían intactos. Y es que la pobreza y el butano mantienen una estrecha relación, acaso sea porque ambas se encuentran tan apegadas a la tierra.

— Carta VIII —

No imaginas lo duro que es vivir sin noticias tuyas. A veces pienso que he cometido un grave error, que nada compensa esta separación. A veces pienso tantas cosas y me encuentro tan cansado. Es cierto que no te he vuelto a hablar del bazo ¿Para qué? si ya no lo tengo, y en realidad tampoco sé muy bien para lo que servía. Sin embargo, Eduardo me ha obligado a ir al médico. “Lo único que me faltaba a mí es un marroquí sin bazo y con zapatos de rejilla” —me dijo. Después me dio la tarde libre.

Fui andando, como de costumbre. Llevaba toda la ciudad dentro del pecho, por eso me dolía tanto cerca del quinto espacio intercostal, que es un lugar tan desprotegido y peligroso como el cruce que hay en la glorieta de Cuatro Caminos. La cita era a las tres de la tarde; el lugar: el Hospital de la Cruz Roja. Un conductor bajaba por la calle a trompicones. Ya había calado el motor dos veces en los últimos diez metros y él seguía hablando por teléfono. Era un chico joven conduciendo un coche muy viejo. Entonces dudé un momento, pero crucé la calle en una alocada carrera durante la cual perdí por un instante el equilibrio. Después sentí un golpe seco y un intenso dolor, justo en aquel hueco entre las costillas. Me faltaba el aire y me quedé doblado cerca del bordillo. Dije algo —de eso estoy seguro— pero no me salió la voz. Todas mis fuerzas estaban empeñadas en aquella actividad vital que se demoraba peligrosamente Por fin la bocanada de aire fresco entró en mis pulmones.

Te cuento todo esto porque aquel atropello, en realidad aquel traspié que tuvo su origen en la lamentable situación de mi calzado me acercó al hombre que entonces me atendía. El joven era un médico de los que curan a la gente sin cobrar nada a cambio: ni dinero, ni leche, ni gallinas… Me dijo que se llamaba Armando, que trabajaba para Médicos sin fronteras, y que un día vivió un amanecer en Tarifa. Fue entonces cuando vio cómo los molinos de viento iban creciendo a medida que el sol ganaba altura, el día que comprendió por qué las olas perdían la espuma anaranjada de la mañana para coronarse de un intenso blanco, el día que presenció cómo una maraña de algas envolvía el cuerpo de un hombre que había puesto las esperanzas al otro lado del Estrecho. Me sentí mal porque aquel hombre bien podría haber sido el padre de Nadir, o podría haber sido yo mismo.

Me auscultó, allí mismo, en la encrucijada de Cuatro Caminos. Me dijo que no me preocupara, que estaba bien, que un hombre podía vivir sin bazo pero que no puede hacerlo sin dignidad…

— Carta IX —

Y fue el mar y le dio un nombre” ¿Recuerdas? Aquella frase presidía el frontispicio de nuestra casa. Tadlá, así habíamos bautizado al erial que iba comiéndose el pueblo silenciosamente. “Y fue el mar y le dio un nombre”. Tadlá se arrastraba ondulante desde los bordes del horizonte con sus jorobas de arena. “Y fue el mar y le dio un nombre”, y aquella frase que en realidad era signo de una quimera, porque nosotros jamás vimos el mar, aunque lo oliéramos y bailáramos con sus olas de arena por las noches, nos mantenía prendida la ilusión de conocer algún día aquellas crestas de espuma que galopaban sobre las olas, hasta que una tarde por fin nos lo mostró —ya seco y yodado— un nómada de tez azul que tampoco lo había visto nunca.

Pero aquí en Madrid todo es tan distinto e incomprensible. Hace unos días fui con Eduardo a una entrevista con la intención de alquilar un piso. Cuando llegamos al edificio encontramos también una leyenda que presidía el frontispicio del portal: “Santa Virgilia, 4. Finca vigilada por Prosegur”. Subimos desconcertados. Yo buscaba en vano los rumores del agua tras los cristales de la ventana. El portero me dijo entonces que aquel torrente era el desagüe de la general que bajaba por un patio interior. También me dijo que a las noventa mil pesetas de alquiler había que sumar dos meses por adelantado.

— Carta X —

Mientras te escribo esta carta, he recordado aquella frase que solía decir tu padre: “Lo que dejamos atrás es menos importante que cómo hemos vivido”. Recuerdo que solía pronunciarla en todos los funerales. Sus palabras, lejos de suponer un acto contrario a los dictados de la sharia, provocaban en cambio un profundo sentimiento de gratitud entre quienes las oían. Por eso ahora que estoy separado de ti, esas palabras adquieren un significado muy especial. Y es que lejos de la indolencia, nuestra separación está suscitando en mí todo tipo de sentimientos. ¿Cómo hemos vivido? me pregunto muchas veces cuando estoy abatido. ¿Cómo habríamos podido seguir viviendo de no haberme marchado? demando en voz alta por las noches. Y, sin embargo, aunque aquí al futuro se le puede tocar con la punta de los dedos y sólo es cuestión de tiempo abrazarlo, los días corren muy deprisa, tanto que a veces creo que debería tener dos vidas para alcanzarlo.

Lo que dejamos atrás es también el pensamiento sobre el que giran las vidas de todos los inmigrantes que conozco. Hoy me he vuelto a encontrar con otros compatriotas. Era inevitable. Hace unos días pude ver en la televisión cómo la Guardia Civil rescataba a los integrantes de una patera en aguas de Tarifa. Según contaban los náufragos venían dos docenas apiñados por la noche. Tan sólo pudieron rescatar con vida a cinco de ellos. Los cadáveres de otros ocho ocupantes fueron llegando a la costa arrastrados por las olas. El resto desapareció bajo las aguas, al menos así lo creyeron las autoridades. Una semana más tarde, Saíd llegó a casa acompañado por una mujer que llevaba a un niño de corta edad en sus brazos y por un somalí que lo único que sabía decir era Sebta (en realidad Ceuta). La mujer contó que se lanzó al agua junto al somalí cuando estaban cerca de la playa, así pudieron alcanzar fácilmente la orilla. Mientras eso sucedía, el patrón puso el motor en marcha y decidió llevar la patera cerca de unas rocas ante la presencia más que probable de la Guardia Civil. El mar hizo el resto.

Ahora, cuando ya es casi de noche, vuelvo a hacerme nuevamente todas las preguntas. ¿Qué es lo que puede llevar a una mujer a arriesgar su vida y la de los suyos para embarcarse en una inmunda patera? Me hago todas las preguntas. Incluso aquella que oí una tarde a un mendigo a las puertas de un albergue: “¿Qué es indecoroso poseer? Nada”—añadió.

— Carta XI —

“Algo feo, de odio y fuego” suele decir Saíd cuando vemos a los hinchas de fútbol arrasar las calles. Sus estandartes siempre son los mismos: banderas negras y bates de béisbol. Nunca van solos a ningún lado. Desde lejos, cuando se los ve venir parece que una marea negra avanzara por la calle. Nuestro nuevo amigo somalí que jamás los había visto, no tardó mucho tiempo en percibir el hedor a cuero y sangre que emanaban. Sin embargo, no es tan fácil esquivarlos.

Algo feo ha sucedido también estos días en Cataluña. Dicen que allí otra marea ha enlodado las calles de Tarrasa, y que un rencor primitivo y absurdo avivaba todas las antorchas. Algunas personas que curioseaban a cierta distancia no daban crédito a lo que veían. La horda se ensañó con todo aquello que le era distinto: marroquíes, dominicanos, somalíes, gays, drogadictos, anabaptistas, gitanos…

Nadie entendía nada. Nadie podía comprender que aquello se hubiese gestado en el corazón de un barrio obrero, habitado por antiguos luchadores antifranquistas, lleno de veteranos emigrantes. Nadie podía entender aquel linchamiento, ni porqué las antorchas y los bates batían las alamedas, si aquella noche tampoco se jugaba ningún partido.

— Carta XII —

Hoy domingo me he levantado con un ánimo excelente. Será posiblemente porque Eduardo va a venir con su familia a visitarnos. Todos estamos algo nerviosos por el acontecimiento, en cambio, Nadir representa el contrapunto y supone una gran ayuda para todos. Desde que se ha recuperado se encarga de Naebta y de su hijo. Por las mañanas sale muy temprano a la compra y cuida amorosamente de Ibrahím, el hijo de Sebta. En cambio, a Engema, nuestro nuevo amigo somalí, apenas se le ve en casa. Es un artista esculpiendo figuras de madera que vende en una esquina de Serrano. Y Saíd, bueno él es un caso aparte. Entra y sale a las horas más intempestivas. Unas veces llega a las tres de la mañana con una gallina a medio desplumar, y otras puede aparecer sudoroso al amanecer cargado con una batería de camión. Saíd es así de imprevisible. Lo cierto es que entre todos logramos mantenernos escasamente.

Mi humor en realidad no es gratuito. Eduardo es una de las pocas personas que sinceramente se ha interesado por mí desde que llegué a España, por eso este domingo de diciembre parece que se ha despistado del calendario, y en realidad es un domingo de finales de abril que ha sucumbido a los aromas de las especias con las que Nadir ha estado adornando los platos.

— Carta XIII —

Hay un hombre que está muerto y aún no lo sabe. Un anciano que también ha madrugado como yo, me ha dicho que en realidad se trata de un anuncio de seguros. Al verlo, balanceándose en un árbol del Paseo de la Castellana, no puedo sino sentir un extraño alivio. Después de todo, repartir bombonas de butano no es tan duro como pasar toda la jornada colgada de una acacia. Al menos yo puedo conversar con la gente, y a veces, incluso consigo arrancarles una propina.

Como te decía, hoy he madrugado mucho. He ido caminando desde nuestra casa hasta la oficina de Correos. Imagínate la caminata: desde el barrio de Hortaleza hasta el mismísimo centro de Madrid. Cuando llegué estaba sudando, como supondrás, pero al cabo de dos minutos de hacer cola frente a la ventanilla de giros, he comenzado a experimentar una sensación tan desagradable bajo la fría bóveda de ese Palacio que he tenido que salir por un momento al exterior, solo con la intención de recuperarme bajo el incipiente sol de la mañana, solo para deshacerme de la tiritona que apenas me permitía continuar de pie. Dos minutos solamente. El tiempo suficiente para que, de nuevo, otro anciano que también había madrugado tanto como yo, me confirmara que aquel hombre que se balanceaba por el cuello en una acacia del Paseo de la Castellana, no estaba anunciando ninguna póliza de seguros sino que estaba muerto de verdad, desde hacía seis horas, y sin que nadie hubiera prestado la más mínima atención a su morbosa presencia, ni a la letra minúscula con la que, sin duda, estarían escritas las cláusulas de su insignificante historia.

— Carta XIV —

Cada día que pasa me cuesta más trabajo expresarme en español. Tal vez sea porque necesito matizar tanto las cosas que no me alcanzan todavía las palabras. Lejos me parece ya aquello de “moro trabaja fuerte”, y que es el único bagaje con el que verdaderamente desembarcamos la mayoría de nosotros. Sin embargo, a pesar de mi falta de matices, esta mañana he logrado entender perfectamente los versos que he encontrado en los restos de un viejo periódico: “Nadie se baña dos veces en el mismo río/excepto los muy pobres”.

— Carta XV —

Desde hace unos días hay algo en el aire que embriaga. Al principio creí que se trataba de alguna contagiosa enfermedad colectiva, pero pronto me di cuenta que los afectados en vez de acudir al hospital ocupaban las horas muertas delante de unos establecimientos que nada tienen que ver con médicos ni curanderos. En cambio, éstos de ahora deben ser los depositarios de la felicidad eterna. Aquí los llaman algo así como “Admón. Nº 12” o “Admón. Nº 64” —que también existe—, y de todas, la que más pacientes atiende en la ciudad es la de la doctora “Doña Manolita”.

Luces, atascos, villancicos, gentes que entran y salen continuamente de los grandes almacenes; paquetes multicolores, bolsas de todos los tamaños: bolsas de papel cuyos dioses habitan en Italia, bolsas de plástico llegadas desde el Olimpo, bolsas de cuero repujadas en Granada, bolsas anónimas que provocan sospecha, bolsas transparentes que producen envidia, monederos, portafolios, alforjas, talegos, morrales y bolsas, bolsas, y más bolsas. Mañana será el gran día, y muchos acudirán de nuevo a su correspondiente Admón. y algunos pocos saltarán de alegría mientras otra legión los contemplará desde los televisores, no sin asombro ni envidia, pero sí con la convicción de que aquel cuerno de la abundancia que tan cerca los rozó, al menos los habrá colmado de salud. Salud a raudales, tanta que ya no les cabrá en ninguna bolsa, y la salud y las bolsas se desparramarán por la ciudad como si toda la felicidad hubiese sido cortada en porciones con el único propósito de ser transportada de un sitio a otro. Y así es el Paraíso aquí, algo parecido a una galaxia que gira enloquecida entre la Admón. de Doña Manolita y el Corte Inglés.

— Carta XVI —

Como ya no podía soportar por más tiempo esa sensación de humedad en los pies, me he armado de valor y de argumentos también y he vuelto a ir a la zapatería. Hay cientos de ellas por toda la ciudad, pero yo necesitaba tanto unos zapatos como una buena dosis de autoestima. Estaba decidido a llevarme un par de botas de suela ancha de aquella maldita zapatería, y poco me iba a importar ya si la industria del calzado en España era escasa o si aquel tipo tenía prejuicios contra los inmigrantes. Decididamente aquellas botas iban a ser mías.

— Carta XVII —

Anoche el frío era tan intenso como la desconfianza que se ha apoderado de nosotros. Por eso decidimos quedarnos en casa cuando Eduardo leyó aquella noticia en el periódico.

Hay calles que matan

Que hay calles que matan es un hecho evidente. Hace unos días murió un hombre de color como resultado de ello, al menos la policía de Arrecife (Lanzarote) afirma que “a Antonio Fonseca lo mató el retrovisor de un coche aparcado en la calle”.

Aquel día, el negro Fonseca, paseaba tranquilamente por la calle De La Igualdad cuando fue reducido por las fuerzas del orden. Lejos de amedrentarse ante lo significativo de aquella calle, la policía lo metió en un portal y se produjo una refriega de la que no tenemos conocimiento. Fonseca –suponemos— trataría de explicarse; argumentaría que él era un ciudadano con residencia legal en España, sacaría a relucir la Carta Magna, la Declaración de los Derechos del Hombre y todas las demás igualdades que nos asisten en un Estado democrático. Pero al parecer Fonseca no resultó convincente y por eso al zafarse de los guardias huyó calle abajo. Acosado por sus captores tuvo la mala fortuna de iniciar la huida por la calle De la Porra. Sin duda, aquel no era un buen sitio para huir estando bajo la amenazadora sombra de los agentes y del peso de aquella inquietante calle. Por eso Fonseca decidió recortar su carrera y desandar de nuevo los pasos. Un hombre como él, acostumbrado a dar explicaciones hasta por su sola presencia en el mundo, estaba mejor dotado que sus perseguidores, así que reinició la huida por la calle De La Igualdad. Pero evidentemente Fonseca nunca fue un hombre afortunado, porque al llegar a la Avenida de lo que él creía era la Gran Avenida de la Libertad, giró a la izquierda en una vieja y angosta calle: la Del 18 de Julio. No sabemos lo que le hubiera deparado el futuro si al llegar a esa calle hubiera girado a la derecha, pero en su alocada carrera Fonseca, agobiado, exhausto e imprudente tuvo la osadía de girar a la izquierda en aquel oscuro callejón del pasado. Si al menos el hostigamiento hubiera tenido lugar en París, durante el 18 del Brumario, tal vez hubiera tenido alguna oportunidad, pero no, sucedió en Canarias, en verano, casi al final del segundo milenio, durante la mayor oleada de inmigrantes registrada en la Historia, en la calle Del 18 de Julio. Era, por tanto, éste, un final previsible.

¡Si hubiera girado a la derecha! Si hubiera girado a la derecha hubiera llegado a la Avenida de José Antonio, donde hubiese encontrado por fin el orden restablecido, y en todo caso, un poco más adelante, girando de nuevo a la derecha, hubiera podido contemplar a las marciales huestes del coronel Bens desfilando por su calle. Sólo entonces hubiera comprendido porqué a veces no hay placas en los cruces de caminos.

— Carta XVIII —

A las diez en punto vimos el primer coche con su joroba naranja y media hora más tarde Eduardo pedía un vaso de leche en la gasolinera de Valdemoro. Entonces la delató un sollozo ahogado cerca del aparcamiento. Aquella niña asustada que no debía tener más de seis años, no hacía más que preguntar por su madre.

Más o menos la historia tuvo que acontecer así. Poco después de las diez en punto, una caravana —salpicada por camiones que bajaban en dirección a Aranjuez— partía de aquella misma área de servicio. Yo había oído hablar ya de esos nómadas de motor diesel que se aventuran por media Europa a bordo de un viejo Peugot, —Ibrahim llegó a contarme casos similares. Son inconfundibles –solía contarme orgulloso aquel peluquero. Viajan en disciplinadas hileras en sus automóviles atestados, casi atados, como solían hacerlo los antiguos camelleros. Adelantan todos juntos, haya o no espacio, esté o no permitido, y sus movimientos se sincronizan tan perfectamente que el sueño, la alegría o el aburrimiento los asaltan al unísono.

Poco antes de las diez llegó la primera decena de automóviles. De ellos descendieron más de cincuenta personas, en su mayor parte niños, aunque había también algunos ancianos ateridos por el frío. Solo los hombres se acercaban a la estación para repostar gasolina y comprar algunas botellas de agua. En estas paradas las mujeres y los niños suelen quedarse junto a los coches, y siempre son breves, por eso la precipitación parece ser el denominador común. Hay varios momentos de alboroto en todas ellas, sobre todo cuando llegan, aunque a veces si la detención no estaba prevista o es motivo de alguna urgencia, el momento de la marcha es como un zafarrancho de combate.

Algo así tuvo que suceder, probablemente un intercambio de pasajeros –a veces son varias familias las que emprenden juntas semejante aventura—, y nadie supuso que en Valdemoro alguna de ellas olvidaba a una princesa con los ojos tiznados de “genna” y el pelo rizado.

La Guardia Civil finalmente logró detener la caravana a treinta kilómetros de Aranjuez, sin embargo, ni la agente que la custodiaba ni Eduardo consiguieron consolarla. Tan sólo pareció tranquilizarse un instante al acercarme a ella, entonces se marcaron los leves signos de una sonrisa cuando se fijó en mis zapatos. Luego Jazina –como así se llamaba— se abrazó a otra princesita, también de pelo rizado que descendió de uno de aquellos coches.

Dos horas más tarde vieron el último automóvil con su joroba naranja cruzar la vega de Aranjuez mientras sonaban los sones de su concierto más famoso.

— Carta XIX —

Y aquella fue mi última carta. Pasadas las doce vieron el último automóvil con su joroba naranja cruzar la vega de Aranjuez al tiempo que sonaban los sones de su concierto más famoso.

Ahora esposa, ya puedo decirte de nuevo que el lunes volveremos a ver un atardecer mientras cocinas tortas de maíz y la luz juega con tu pelo. Y es que he tardado en averiguar que la baraka de la que hablaba el sarif tiene un precio muy alto, sin embargo soy tan feliz de que a mí solo me haya costado el bazo.

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ANEXO

Se llamaban Yaguine Koita y Fodé Tounkara. Tenían 14 y 15 años. Eran dos estudiantes de Guinea—Conakry. Murieron congelados en el tren de aterrizaje de un avión que les llevaba, clandestinos, a la rica y educada Europa. Pero son mucho más que otros polizones que mueren en su vano intento por abandonar la pobreza. Son autores de una carta de sencillez y clarividencia admirables, una auténtica bofetada a los intolerantes. Uno de ellos la llevaba sujeta entre su mano y su corazón cuando su cuerpo fue descubierto, el lunes 2 de agosto de 1999, en el aeropuerto de Bruselas.”

Walter Oppenheimer.
El País. 5 de agosto de 1999

Ayúdennos, sufrimos enormemente”

Excelencias, Señores miembros y responsables de Europa.

Tenemos el honorable placer y la gran confianza de escribirles esta carta para hablarles del objetivo de nuestro viaje y del sufrimiento que padecemos los niños y los jóvenes de África.

Pero, ante todo, les presentamos nuestros más deliciosos, adorables y respetuosos saludos con la vida. Con este fin, sean ustedes para nosotros, en África, las personas a las que hay que pedir socorro. Les suplicamos, por el amor de su continente, por el sentimiento que tienen ustedes hacia nuestro pueblo y, sobre todo, por la afinidad y el amor que tienen ustedes por sus hijos a los que aman para toda la vida. Además, por el amor y la timidez de su creador. Dios todopoderoso que les ha dado todas las buenas experiencias, riquezas y poderes para construir y organizar bien su continente para ser el más bello y admirable entre todos.

Señores miembros y responsables de Europa, es a su solidaridad y a su bondad a las que gritamos por el socorro de África. Ayúdennos, sufrimos enormemente en África, tenemos problemas y carencias en el plano de los derechos del niño.

Entre los problemas, tenemos la guerra, la enfermedad, la falta de alimentos. En cuanto a los derechos del niño, en África, y sobre todo en Guinea, tenemos demasiadas escuelas, pero una gran carencia de educación y de enseñanza: salvo en los colegios privados, donde se pueden tener una buena educación y una buena enseñanza, pero hace falta una fuerte suma de dinero. Ahora bien, nuestros padres son pobres y necesitan alimentarnos. Además, tampoco tenemos centros deportivos donde podríamos practicar el fútbol, el baloncesto o el tenis.

Por eso nosotros, los niños y jóvenes africanos, les pedimos hagan una gran organización eficaz para África, para permitirnos progresar.

Por tanto, si ustedes ven que nos sacrificamos y exponemos nuestra vida, es porque se sufre demasiado en África. Sin embargo, queremos estudiar, y les pedimos que nos ayuden a estudiar para ser como ustedes en África.

En fin, les suplicamos muy, muy fuertemente que nos excusen por atrevernos a escribirles esta carta a Ustedes, los grandes personajes a quien debemos mucho respeto. Y no olviden que es a ustedes a quienes debemos quejarnos de la debilidad de nuestra fuerza en África.

Escrito por dos niños guineanos. Yaguine Koita y Fodé Tounkara”.

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