El año de los tiros

Minas de Aguas Teñidas (Huelva)

Geológicamente hablando me encuentro en la zona central de la Faja Pirítica Hispano-Portuguesa. Decir que aquí el subsuelo es del Devónico Superior no es sinónimo de vegetación desmesurada ni de helechos arborescentes, más bien lo que prima es el monte bajo, el cual ha ganado la batalla a la densa espesura del bosque tropical. La zona por la que transito es tan desigual y ondulada que la tierra parece una bandera flameando al viento y, que al poco que el viajero se adentre en la sierra y bordeé los Riscos del Tintor o atraviese la zona conocida como la Huerta del Correo, apreciará a modo de mástiles los pendones de la jara y del majuelo. Pero es la genista la que finalmente lo abarca todo. Sus flores ocupan los recodos que dejan las calvicies del brezo mientras consiguen dar brochazos amarillos a la tierra, como si las jibas que salpican la vera del camino fuesen en realidad diminutas alhóndigas en las que predominan las flores y el azufre.

−Dos curvas más adelante y entonces llegará al infierno −señala sin levantar la cabeza un furtivo mientras guarda sin apresurarse un hatillo de espárragos recién cortados.

−¿Cómo dice?

Geológicamente hablando esta parte del mundo es propicia al magnetismo debido a la profusión de metales que la tierra tiene escondida en sus entrañas. Parece que semejante acumulación de hierro podría estar afectando al campo magnético y engañar al giróscopo de los pájaros, o incluso hacer que los rayos del sol se desvíen y confundan a los relojes de las iglesias. No tendría otra explicación si no las derivas de muchos aparatos eléctricos del lugar que enloquecen después de alguna tormenta, o de las andanadas alrededor de la sierra que el pato malvasía realiza varias veces antes de detenerse en el Coto de Doñana, como tampoco podrían explicarse las campanadas a deshora y sin motivo que en ocasiones suenan entre las pedanías cercanas a La Calaña y la Mina de Sotiel.

−Pues eso, que el infierno no viene en el GPS −contestó.

Transcurrido el día, y a punto de entrar en Almonaster, una luz anaranjada se va depositando quedamente en los suelos de pizarra hasta que la última loma nos deja al descubierto las bocas de la mina, cada vez más parecida a una exhalación de cinabrio. Es entonces cuando el magnetismo se convierte en magia al unir los dos fenómenos que la naturaleza había decidido que caminasen por senderos distintos, por un lado el delicado equilibrio de la química, por otro la seducción del electromagnetismo que ahora nos rodea. Limonitas y electroimanes, piritas y bacterias tintoras del Odiel, tormentas y lluvias que ponen de nuevo el contador a cero. Y sin embargo, esta tarde parece distinta. La magia de la química consiste en esa dispersión de gases que abren paso como hacen los quiromantes cuando observan el futuro en una copa de vino, y es entonces cuando el viajero entra en otra dimensión.

Lo primero que surge a la vista, tras el recodo instalado en una curva de altísimo peralte, son las construcciones temporales de un parque de maquinaria, es la meseta de los bungalows, son los almacenes de repuestos y el pañol de explosivos. Este sarpullido de edificios custodia la entrada a la mina. De ella los romanos extrajeron cobre y oro como para haber podido extender el imperio hasta nuestros días, y en cuanto a lo que se refiere a la plata, su abundancia era tal que a esta zona de la Hispania llegaron a bautizarla con el nombre de Anaku, que en cananeo significa Tierra de la Plata. Pero ahora ya no hay romanos, ni fenicios, ni cedros del Líbano. Ahora una corporación canadiense maneja los hálitos del cinabrio, las aguas de escorrentías que al secar procuran ese aspecto marciano de la explotación y solo cuando llega la noche, los focos perimetrales que delimitan la Mina de Aguas Teñidas parecen quedar a merced de François Truffaut y dar paso a las notas musicales con las que se iniciara la sinfonía extraterrestre de Encuentros en la tercera fase.

−Lo que yo le diga, amigo. Ahí dentro le roban a uno el alma −añade el furtivo.

La Mina de Aguas Teñidas es un yacimiento subterráneo de sulfuros masivos, una de las tres que la Corporación −como le llaman al complejo industrial los políticos en Sevilla− dispone en la franja pirítica; las otras dos tienen en cambio nombre de mujer o de virgen, la del Sotiel y la Mina Magdalena. La de Sotiel Coronada, como se encargaba de precisar un cartel kilómetros atrás, tiene por añadidura la leyenda de la muerte de don Rodrigo −el último rey visigodo de España− que se ocultó en su interior tras la batalla de Guadalete. Sin embargo, esta mina de Calañas, con sus aguas teñidas goza de un sistema linfático formado por más de 70.000 metros de túneles. Semejante perforación hubiera podido dar cobijo al visigodo sino fuera porque aquel cayó primero ante la magnitud de sus heridas, y por la traición de la que sin duda fue objeto después.

−¿Ve el color de estos espárragos? El cobre los tiñe de rojo −añade el furtivo− Esta tierra ha chupado ya mucha sangre.

Si se le pregunta al sargento de la Guardia Civil por la Mina de Aguas Teñidas, responderá al viajero que es “la madre de todas las minas de cobre”, la cual no pudieron secar romanos ni visigodos. Para los furtivos semejante agujero en la tierra tiene más peligro que el propio sargento con el que a veces coinciden en Valverde del Camino durante la peregrinación al Rocío. “La madre de todas las Minas” −añadiría también el furtivo. Y de peligros saben mucho estos que ahora rondan lindes y caminos hurtando a la tierra aquí y allá. Hace algún tiempo, acaso unas decenas de años, cuando en otra mina de la cuenca −la bomba hidráulica de bronce− un artefacto propulsor de agua de doble cuerpo construido según los principios de su inventor −Ctesibio el Viejo− estaba siendo usado en el proceso de abatir la pirita incandescente que conjuga la acción del fuego y del agua, cuando se nubló una tarde permitiendo que los efluvios del arsénico y del azufre asfixiaran a una decena de hombres que cayeron a tierra como cuando los gorriones sucumben ante la presencia del grisú.

−Eso va a ser como en el año de los tiros -añade el furtivo sin levantar la mirada del suelo.

Hay a la entrada un cartel que en su día tuvo una situación privilegiada cerca de la caseta de control, pero que ahora, vencido por el polvo y los golpes de los camiones que mantienen un trasiego continuo entre el parque de maquinaria y la boca de la mina, se sostiene milagrosamente en pie y a pesar de ello y de la capa de polvo que ha ido acumulándose con el tiempo puede todavía leerse: “Días consecutivos sin accidente:…: Quinientos catorce”. “Prácticamente desde que abrimos” −señala el responsable de materias primas que ha salido a recibir. “Aquí, entre técnicos, administrativos, empresas subsidiarias, contratistas y mineros somos casi dos mil personas −añade mientras libera el torniquete que da acceso al complejo. “La seguridad es casi tan valiosa como el cobre”.

−¿De qué tiros me habla?

Las balsas que se excavan ahora, son para el tratamiento y recuperación del agua empleada en el proceso, sin embargo semejante obra solo pueden imaginarla en toda su extensión los ingenieros que entran y salen continuamente del bungalow que hace las veces de oficina. “En la balsa 3 hemos encontrado una fuerte superposición de pizarras y grauvacas” −se oye en la reunión que se desarrolla en la mesa contigua. Desde el punto de vista geo-morfológico, este espacio forma parte del gran sinclinal carbonífero del Devónico. Pero lo que al viajero interesa en estos momentos es la planta de pastas y la de flotación en la que se emplean arcillas montmorillonitas y ante las que alberga la esperanza de poder ofrecer acaso cierto agente reológico basado en sepiolita como es el Pangel FF, un filosilicato que fue desarrollado para la fabricación de suspensiones de fertilizantes.

−Los del Regimiento de Pavía que en una carga de fusilería abatieron a 200 mineros como si fueran conejos −añade el furtivo mientras aparta los espárragos enrojecidos.

Una vez abandonado el complejo el viajero puede, si coincidiera su marcha con el atardecer, ver las sombras alargadas de los crestones sobresaliendo de entre las costuras onduladas del paisaje. Como si fueran brochazos anaranjados o rojizos según sea el ángulo y la hora a la que tome el camino, el viaje de retorno se convierte en la travesía que discurre entre el ocre de las limonitas y en bermellón de los cinabrios. Mientras eso sucede, al volver la vista atrás puede contemplar la perenne nube de polvo flotando sobre el parque de la maquinaria y el espejismo cetrino de las balsas que están aún a medio construir. Y al final, antes de tomar la última curva, pocos pueden resistirse a contemplar en todo su esplendor las tardes marcianas, tan precisas como esta que hoy se disfruta entre las pedanías de Calañas y Almonaster.

−Ahora si. ¿Ahora podría explicarme qué relación tienen las minas de la franja minera con el Regimiento de Pavía?

El furtivo observa cómo la tarde va fundiéndose en un fondo de tornasoles, al cabo ya rojizos del todo y mira por primera vez al viajante. Una mirada fija y penetrante, de esas que son capaces de traspasar los muros de cualquier casa o fortificación que tuviera como objeto impedir la visión de hechos que están condenados ya a la indolencia. Si no es solo por miedo la mayoría de las veces será por desidia y así es como pasan de puntillas los actos más luctuosos.

Habría que remontarse a las postrimerías de 1887. Un invierno sombrío y lúgubre se había impuesto de forma inclemente en toda la comarca. Entretanto las “teleras” −montañas incandescentes de mineral− ardían a todas horas haciendo irrespirable el aire.

−Maximiliano Tornet, el anarco sindicalista de Cerro Colorado −añadió el furtivo− amargó las Navidades a los ingleses. Si, por que allí había muchos ingleses −prosiguió− de la Rio Tinto Company Limited que vivían en Bella Vista alejados del humo y del azufre. Aquel humo asesino tenía un nombre por el que era conocido entre los pueblos de la región como “la manta”. Los días de “mantá” además de ennegrecer los pulmones dejaba el corazón de los mineros como un trozo de carbón encendido.

Fue a principios de Febrero, un sábado deslucido y gris cuando se reunieron en la plaza de la Constitución de Cerro Colorado más de 12.000 personas para manifestarse contra las “teleras”, las “mantás” y los ingleses que tomaban té ajenos al atanor en el que la población se consumía poco a poco.

−Entonces la vida no valía nada −añade el furtivo− y la minería no era como la ha visto ahí adentro. Entonces para arrancar las entrañas a la tierra había que bajar con el pico y mirar la pared como si fuera el mismísimo diablo, que en realidad lo era −añade.

A eso del mediodía, un teniente coronel del Regimiento de Pavía que había llegado aquella misma mañana ordenó tres descargas de fusilería sobre la muchedumbre y la plaza de la Constitución dejó entonces de ser la misma. Murieron cerca de 200 personas. Al día siguiente los que sobrevivieron volvieron al Cerro Colorado para excavar y excavar. Los que todavía podían sostenerse en pie hacían hoyos en el cementerio hasta que se quedó pequeño y una fosa grande, tanto como el dolor acabó por acoger a los muertos del “año de los tiros”.

−De dolor, de eso están hechas las cortas y las minas en esta tierra −dice con rabia el furtivo. Las odio con todo el alma, esa que ya me robaron −añade entre dientes.

Geológicamente hablando la Faja pirítica Hispano-Portuguesa, quizás la mayor concentración de sulfuros masivos vulcanogénicos del planeta, no solo es una de las zonas metalogénicas más importantes que existen sino que en sus entrañas del Devónico Superior están enterrados, bajo la plaza de la Constitución, aquellos que no podrán saber que las flores ocupan los recodos que dejan las calvicies del brezo mientras consiguen dar brochazos amarillos a la tierra, como si las jibas que salpican la vera del camino fuesen en realidad diminutas alhóndigas en las que predominan las flores y el azufre.

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